MARX Y LA GLOBALIZACIÓN

                       

                                  Ciro Mesa

  El proceso para el que actualmente se utiliza la palabra “globalización” fue un tema central del materialismo histórico. Marx consideraba que la constitución del mercado mundial y la expansión del capitalismo hasta convertirse en un sistema universal era una tendencia inmanente del capital. Su argumento se basaba en la tesis de que lo que denomina “trabajo objetivado” (mercancías, dinero, medios de producción) sólo puede reproducirse como capital si se amplía de forma constante el círculo de la producción y el intercambio capitalista. La propia subsistencia del capital depende de su expansión constante. El capitalismo, piensa Marx, tiene que tender por su propia dinámica a mundializarse. Y puede conseguirlo. La enorme capacidad que genera para producir mercancías a bajo coste actúa -así se formula gráficamente en el Manifiesto- como la artillería pesada con que “demuele todas las murallas chinas y los prejuicios locales”. Adoptar ese modo de producción se convierte en cuestión de supervivencia, y ante su fuerza civilizatoria todas las peculiaridades culturales o nacionales deben hacerse funcionales con el capital o desaparecer. El capitalismo, según Marx, está llamado a constituirse como civilización universal que troquela el mundo a su imagen y semejanza.

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   En ese marco general, los escritos económicos de madurez de Marx, especialmente los Grundrisse y El Capital, analizan en detalle la mundialización del capitalismo y las contradicciones inherentes a ese proceso con la perspectiva de la teoría de valor, la explotación y la reproducción ampliada. Para lo que sigue tomeré como base un pasaje de los Grundrisse en que Marx expone de forma concentrada su posición al respecto y cuya lectura me parece muy recomendable. El pasaje en cuestión puede encontrarse en español en la traducción de Scaron para “Siglo XXI”, tomo I, pp: 359-362, así como en la OME, 21, pp: 357-360, y en la Antología de textos de Marx realizada por Jacobo Muñoz para Península, pp: 365-368.

    Una peculiaridad fundamental que encuentra Marx en el capitalismo es la imbricación mutua en que sitúa la producción, intercambio y consumo como momentos de un proceso continuo. El capital es pensado como una relación social que se manifiesta bajo diferentes ropajes y máscaras sociales, pero cuya valorización y reproducción domina la totalidad del proceso productivo social. La finalidad de la producción capitalista es la obtención de beneficios, cuya fuente fundamental no sería otra que la plusvalía incorporada a las mercancías en el proceso productivo. Pero ésta sólo puede realizarse efectivamente y acumularse a través del intercambio. Además, como el incremento del capital inicial que supone la plusvalía realizada debe -entre otras cosas, por la ley de la competencia- ponerse de nuevo en acción como capital, este movimiento perpetuo obliga a una ampliación constante de la esfera de la circulación. Esta es para  Marx “una condición fundamental de la producción fundada en el capital” (359), condición que explicaría la tendencia del capital a propagar el modo capitalista de producción y a crear el mercado mundial. 

    La dinámica del desarrollo capitalista, pues, liquida progresivamente la producción orientada hacia valores de uso directos, crea más plustrabajo y puntos en los que pueda ser intercambiado, acorta  el tiempo de la circulación y somete el espacio al tiempo. Este proceso conduce a una internacionalización del sistema capitalista, pero también a una constante intensificación del sometimiento social a la forma capitalista de producir, intercambiar y consumir. La marcha avasalladora del capital a la conquista del mercado mundial es al mismo tiempo la mercantilización general del mundo. La tendencia a la universalidad del intercambio no es en Marx sólo una representación geográfica y externa, sino también social y subjetiva; no sólo extensiva, sino también intensiva: la elevación de la ley de valorización del capital a principio regulador de todas las relaciones entre los individuos y de estos con el medio. Este me parece uno de los aspectos más interesante de la contribución de Marx al problema de la globalización. La contradicción fundamental que encontrará en ese proceso no será tanto la uniformización de las culturas, la así denominada “macdonalización” que tanto parece preocupar hoy, sino la elevación del capital a poder absoluto que domina el vínculo social y la vida de los individuos, la “subsunción real” de estos bajo el capital.

  Ese aspecto de la cuestión se despliega en Marx al hilo del análisis del consumo y del -expresado hegelianamente- “sistema de las necesidades”, donde se prefiguran fenómenos que se han manifestado en toda su amplitud en el mundo actual como, por ejemplo, la constitución de una burguesía planetaria definida por el consumo de determinados objetos-símbolos diferenciadores e igualadores a la vez. La tendencia globalizadora del capital implica, según Marx, la extensión del círculo del consumo. Anoto al margen que esta es precisamente una fuente esencial de la contradictoriedad que Marx cree intrínseca al capitalismo: su desarrollo requiere una expansión constante del consumo, mientras que las condiciones de la reproducción del capital exige el abaratamiento del trabajo y la limitación del consumo. Haciendo abstracción de esa contradicción, el desarrollo de la producción y el intercambio debe traducirse en una ampliación del consumo, ampliación que según Marx produce el capitalismo por tres vías complementarias. Primero, aumentando cuantitativamente el consumo existente, esto es, que los mismos consuman más de lo mismo. Segundo, difundiendo ese consumo entre círculos más amplios. Tercero, creando nuevas necesidades y valores de uso, esto es, diferenciando la producción, abriendo nuevos sectores capaces de crear y satisfacer nuevas demandas. Por este camino el capital se ve lanzado a una conquista global tanto de la naturaleza externa como interna. La naturaleza entera es escudriñada con toda la “astucia” -la palabra es de Marx- técnica de la ciencia para descubrir posibles valores de uso comercializables; el individuo social es producido como demandante diferenciado e insaciable. Así, concluye Marx, “la producción basada en el capital crea por una parte la industria universal, por otra un sistema de explotación general de la propiedades naturales y humanas, un sistema de utilidad general … fuera del cual nada se presenta como superior-en-sí o justificado para-sí mismo. El capital crea así la sociedad burguesa y la apropiación universal tanto de la naturaleza como de la relación social misma … Hence the great civiling influence of capital; su producción de un nivel de la sociedad frente al que todos los anteriores aparecen como desarrollos meramente locales de la humanidad y como idolatría de la naturaleza … El capital derriba todas las barreras que obstaculizan el desarrollo de las fuerzas productivas, la ampliación de las necesidades, la diversidad de la explotación e intercambio de las fuerzas naturales y espirituales”.

  Marx percibe en la globalización, como vemos, un proceso de depredación universal del medio natural y humano. Pero también, al mismo tiempo, una condición necesaria para la emancipación. Aunque, desde luego, sin olvidar el martirologio de los productores ni las contradicciones que acarrea, en general interpreta ese proceso con esquemas afirmativos heredados del idealismo alemán que dan un sentido positivo a aquella depredación. Ese elemento afirmativo puede percibirse, por ejemplo, escuchando la música triunfal que acompaña en el Manifiesto la conquista del mercado mundial por la gran industria, un proceso que, por otro lado, como nos recuerda El Capital, hace coagular las capacidades subjetivas en máquinas cuyo poder como capital blanquea de osamentas humanas las llanuras de la India. Marx valora positivamente la globalización por que no encuentra motivos, con razón, para preferir las formas de dominio tradicionales arrasadas por el capital. Pero, sobretodo, por el máximo desarrollo de las fuerzas producivas a que conduce y por que hace posible una situación en que los individuos pueden constituirse como sujetos conscientes del proceso social. En ello reside la “esencia positiva” que Marx concede al capital. Creía que la universalidad a la que tiende llevaría a la humanidad más allá del capitalismo. En una línea argumental que ha retomado recientemente T. Negri, pensaba que la universalización de las capacidades y relaciones individuales produciría una globalización de la comunicación y una apropiación colectiva del saber capaz de transformar las relaciones sociales. Esta perspectiva se fundaba en una confianza inconmovible en la racionalidad humana y en el valor de uso intrínseco de la ciencia y el conocimiento.

   A la luz de las experiencias de este siglo y de la marcha actual del mundo, uno se siente tentado a ver en esa confianza marxiana un resto del optimismo desalmado que Schopenhauer achacara a Hegel. En este contexto, cuando el discurso dominante ha convertido la palabra “globalización” en acto perlocucionario y coartada, habría que tomar de Marx en primer lugar la idea de que la mundialización del capital consiste esencialmente en la expansión del material humano explotado”. Aunque, por otro lado, a pesar de que  el momento afirmativo y utópico del materialismo histórico no me parece lo mejor de su herencia para este momento, tal vez pueda tener aún sentido recordar el objetivo que contenía. Si  no como fin teleológico, sí al menos como negación y contraimagen de una situación en la que el así denominado “mercado”, elevado por el poder teletécnico a razón objetiva, es experimentado impotentemente por los individuos como una fatalidad.

Publicado en: 

Cuadernos del Ateneo, ISSN 1137-070X, Nº. 6, 1999 (Ejemplar dedicado a: Globalización, pensamiento único, emancipación. Derechos humanos e impunidad. Teatro social), pags. 24-26

 

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