CONTRIBUCIÓN A LA CRÍTICA DE LA FILOSOFÍA DEL DERECHO DE HEGEL* [INTRODUCCIÓN]

[LA RELIGIÓN]

[MEW, 1, 378] Para Alemania la crítica de la religión está esencialmente acabada, y la crítica de la religión es el presupuesto de toda crítica.

La existencia profana del error está comprometida una vez que está impugnada su celeste oratio pro aris et focis. El hombre que en la fantástica realidad del cielo, donde buscaba un superhombre, sólo ha encontrado el reflejo (Widerschein) de sí mismo,  no se sentirá ya dispuesto a encontrar sólo la apariencia (Schein) de su sí mismo, a encontrar sólo lo in-humano, donde busca y debe buscar su verdadera realidad.

El fundamento de la crítica antirreligiosa es: el hombre hace la religión, y no ya la religión hace al hombre. Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que, o bien aún no se ha adquirido a sí mismo o se ha vuelto a perder. Pero el hombre no es algo abstracto, escondido fuera del mundo. El hombre: eso es el mundo del hombre, Estado, sociedad. Este Estado, esta sociedad producen la religión, una conciencia-del-mundo  invertida, porque aquellos son un mundo invertido. La religión es la teoría general de este mundo, su compendio enciclopédico, su lógica en forma popular, su point d’honneur espiritualista, su entusiasmo, su sanción moral, su complemento ceremonial, su fundamento general de consuelo y justificación. Es la realización fantástica del ser humano, porque el ser humano no posee realidad verdadera alguna. La lucha contra la religión es, pues, mediatamente, la lucha contra aquel mundo, cuyo aroma espiritual es la religión.

La miseria religiosa es, por una parte, la expresión de la miseria real y, a la vez, la protesta contra ella. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, es el alma de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación sin espíritu. Es el opio del pueblo.

[MEW, 1, 379] La superación de la religión como felicidad ilusoria del pueblo es la exigencia de su felicidad real. La exigencia de abandonar las ilusiones sobre su estado es la exigencia de abandonar un estado que necesita ilusiones.   En germen, la crítica de la religión es, por tanto, la crítica del valle de lágrimas cuya apariencia sacra es la religión.

La crítica ha deshojado las flores imaginarias de la cadena, no para que el hombre lleve una cadena sin fantasía ni consuelo, sino para que la arroje y tome la flor viviente. La crítica de la religión desengaña al hombre para que piense, obre, dé forma a su realidad, como hombre des-engañado, que ha accedido al entendimiento; para que él se mueva alrededor de sí mismo y de su sol real. La religión es sólo el sol ilusorio que se mueve alrededor del hombre mientras éste no se mueve en torno a sí mismo.

Es, pues, la tarea de la historia, después de que ha desaparecido el más-allá de la verdad, establecer la verdad del más-acá. Es la tarea de la filosofía que se pone al servicio de la historia, después de que está desenmascarada la autoenajenación humana, desenmascarar la autoenajenación en sus formas profanas. Con ello, la crítica del cielo se transforma en crítica de la tierra, la crítica de la religión en la crítica del derecho, la crítica de la teología en la crítica de la política.

[…]

[LA CRÍTICA]

[MEW, 1, 380] ¡Guerra a las situaciones alemanas! ¡Desde luego! Están por debajo del nivel de la historia, por debajo de toda crítica, […] En lucha con ellas, la crítica no es una pasión de la cabeza, sino la cabeza de la pasión. No es un bisturí de anatomista, es un arma. Su objeto es su enemigo, al que ella no quiere refutar, sino aniquilar. Y es que el espíritu de aquellas situaciones está refutado. En y para sí, no son objetos dignos de ser pensados, sino existencias tan despreciables como despreciadas. La crítica no necesita para sí el autoentendimiento con ese objeto, puesto que lo tiene todo claro respecto a él. No se comporta ya más como un fin en sí misma (Selbstzweck), sino sólo aún como un medio. Su pathos esencial es la indignación, su trabajo esencial: la denuncia. […]

[MEW, 1, 385] El arma de la crítica no puede reemplazar en ningún caso la crítica de las armas, la violencia material tiene que ser depuesta por la violencia material, también la teoría se convierte en violencia material sólo en cuanto se apodera de las masas. La teoría es capaz de apoderarse de las masas en cuanto demuestra ad hominem, y demuestra ad hominem en cuanto deviene radical. Ser radical es tomar la cosa en la raíz. Pero la raíz para el hombre es el hombre mismo.  […]

[EL NUEVO IMPERATIVO]

La Divina Providencia

La Divina Providencia

La crítica de la religión termina en la doctrina de que el hombre sea el ser supremo para el hombre, por tanto, con en el imperativo categórico de derribar todas las situaciones en las que el hombre es un ser degradado, humillado, abandonado, despreciado…

[…]

[ESPERANZA EN VIRTUD DE LOS DESESPERADOS]

[MEW, 1, 390] ¿Dónde está, pues, la posibilidad positiva de la emancipación alemana?

Respuesta: en la formación de una clase con cadenas radicales esclavizada, de una clase de la sociedad burguesa que no es una clase de la sociedad  burguesa, de un estamento que es la disolución de todo estamento, de una esfera que posee un carácter universal en virtud de sus sufrimientos universales y no pretende derecho particular alguno porque sobre ella no se ha ejercido injusticia particular alguna, sino la injusticia por antonomasia, […] en fin, de una esfera que no puede emanciparse sin emanciparse de todo el resto de esferas de la sociedad y, con ello, emancipar todas las otras esferas de la sociedad, que –en una palabra- es la pérdida completa del hombre, y, por tanto, sólo a través de la completa recuperación del hombre puede ganarse a sí mismo. Esa disolución de la sociedad como un estamento particular es el proletariado. […]

[MEW, 1, 391] Cuando el proletariado anuncia la disolución del ordenamiento del mundo hasta ahora existente, sólo pronuncia el secreto de su propia existencia, pues él es la disolución fáctica de ese ordenamiento del mundo. Cuando el proletariado exige la negación de la propiedad privada, sólo eleva a principio de la sociedad lo que ya la sociedad ha elevado como su principio, lo que en él -como resultado negativo de la sociedad y sin él quererlo- ya está encarnado [la privación de propiedad, c.m.]. […]

La cabeza de esta emancipación [del hombre] es la filosofía, su corazón el proletariado. La filosofía no puede realizarse sin la superación del proletariado, el proletariado no puede superarse sin la realización de la filosofía.

 

*El texto del que proceden estos fragmentos se publicó en 1843. Los títulos entre corchetes los he introducido yo. También pongo entre corchetes la localización de los pasajes en la MEW (Marx-Engels Werke). La traducción es propia. Inauguramos con este texto la versión 2.0 de “hacia el capital”. Ciro M.

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45 comentarios hacia “CONTRIBUCIÓN A LA CRÍTICA DE LA FILOSOFÍA DEL DERECHO DE HEGEL* [INTRODUCCIÓN]”

  1. haciaelcapital Dice:

    Eladio Chinea dixit:
    Por si pudiera ser de utilidad, encontré en la web este texto sobre el concepto de “aufheben” (según la traducción del profesor =superar), tan significativo en el texto.

    La Aufhebung hegeliana

    «Aufheben significa a la vez suprimir, conservar y elevar. Tarea de la filosofía sería en efecto la comprensión de la autosupresión (en virtud de la salida a la luz de las contradicciones internas) de las determinaciones configuradoras de la realidad y el pensamiento, pero en cuanto a su presunción de valer por sí mismas e inmediatamente (así, suprimir no es aniquilar, sino “poner en su sitio”, recortar ambiciones desmedidas); esa “supresión” implica pues, al punto, una “conservación” de tal determinación, pero en un plano de integración superior (digamos brevemente: al explicar algo, éste decae en sus derechos de tener existencia y sentido propios, aislados; y en cambio queda integrado en una red de significatividad, a saber: las “razones” por las que la cosa es y es concebida); y en fin, esa “conservación” implica también -contra la presunción de la “cosa” o “pensamiento” como pura identidad, sin mancha ni enlace con nada- una “elevación”, ya que algo es de más rango cuando está aunado con lo demás: se entrega a ello y a cambio es “reconocido” como “partícipe”.- Se ha elegido el verbo “asumir” [para traducir aufhebung] porque: 1) implica en castellano un “hacerse cargo”, y no un abandono (como parece sugerir “suprimir”) ni un “ir más allá” de la cosa considerada (como en “superar’ o “sobrepasar”); la “cosa” sigue existiendo, pero integrada en un plano superior, que la toma a su “cuidado” o a su “cargo”; 2) las operaciones comunes de la lógica -como sabemos por Kant- son subsumir (o determinar: poner un caso B bajo una ley A) y reflexionar (buscar un universal -A- para un ejemplo dado: B); Hegel piensa que ambas operaciones son derivadas: en la primera, no subsumiríamos si no presupusiéramos un fundamento común a B y A, que permitiera el “paso”; en la segunda, no buscaríamos una ley adecuada si ésta no estuviera ya de algún modo contenida, “irradiando” en el ejemplo particular; ahora bien, justamente la reflexión interna de la subsunción es la asunción, del latín ad sumere: ir a buscar “desde dentro” aquello bajo lo cual situarse, pero porque ello es la esencia o verdad de la cosa misma “asumida”; 3) un buen ejemplo del uso de “asumir” o “asunción” nos es dado por el lenguaje religioso: hablamos de la elevación o Ascensión de Cristo al Cielo, porque ésta se hace en virtud de la sola fuerza de su propia divinidad, y en cambio de la Asunción de María (que es elevada, no se eleva a sí misma), porque ésta “sube” por su función relativa (ser Madre de Dios), por estar “integrada” en la “economía de la salvación”, y no por su mera condición individual” (Félix Duque, Historia de la Filosofía Moderna. La era de la crítica, Akal, Madrid, 1998, pp. 327-8, nota 672).

  2. haciaelcapital Dice:

    COMENTARIO DE ELENA MAGARIÑOS A LA FRASE: “Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que, o bien el cual aún no se ha adquirido a sí mismo o se ha vuelto a perder”

    Entendamos la religión como la proyección y ordenación de reglas morales de la conciencia social. Citando unas palabras que no son mías, diré que el hombre quiere ser feliz y la sociedad quiere que sea bueno… ¡pero un hombre feliz siempre es bueno! Hemos llamado pecado a aquello que no solo hace daño a otro sino a nosotros mismos, porque elimina nuestra capacidad de vivir en sociedad. Se nos ha hecho la promesa de otra vida: idílica para el alma bondadosa o llena de tormentos para los que no han cumplido como tal. El hombre que se ha adquirido a sí mismo, que es consciente de que su vida no es parte de un plan divino del que no conoce la finalidad, ni una prueba con la que determinar si estás salvado o condenado, empieza a luchar por su felicidad y con ella, por la de quienes le rodean: nadie es feliz rodeado de personas infelices. Sin embargo, aquel que se deje vencer por los problemas de esta vida, y que con ello busque la posibilidad de pertenecer a algo más grande que él mismo acude de nuevo a la religión. El hombre ha de ser bueno, sí, pero no bajo una amenaza.

    • haciaelcapital Dice:

      Eladio: Preguntas para Elena: ¿Por qué “el hombre ha de ser bueno”? ¿qué es “bueno”? ¿Cómo se llega a eso? ¿Lo que en cada caso se dice “bueno” no se impone por la coacción, la amenaza, la violencia?
      Me remito aquí a la “Geneaología de la moral” de Nietzsche.
      Una vez le oí decir a Ciro que el “quiliasmo” de Marx sería la idea de una forma de socialización no-coactiva. ¿Es pensable esa idea como algo más que una mera figura del pensamiento?

  3. haciaelcapital Dice:

    Laura Marrero dixit:

    “Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que, o bien aún no se ha adquirido a sí mismo o se ha vuelto a perder.´´

    Comentario:

    El hombre, el ser humano , ha creado la religión como medio de consuelo, de despreocupación para las personas. El hombre, crea la religión, es decir, crea algo en lo que creer, en lo que tener fe. Ve en la religión un desahogo, una guía que le ayude a superar sus problemas, tal vez porque no se ha encontrado a sí mismo y busca fuera de sí, o porque se ha encontrado y realizado pero por su poca estabilidad emocional o cual sea, ha vuelto a caer en la sin razón, en la dependencia.

  4. La verdad es que no creo que esta frase se adecúe para nada a nuestro tiempo, o al menos no conozco a ningún religioso con estas características.
    Mas bien, yo diría que la religión no es más que un escondite del cobarde que no quiere responsabilizarse de sus actos, de su vida. Digamos que es, el camino fácil, “puedo obrar mal porque mis pecados se sanan en mi comunión con la religión”, no es mas que una máscara del cobarde para no sentirse culpable.
    Lo que sí puedo ver hoy por hoy, es gente que tiene fe, tienen fe en algo que llaman dios o incluso algunos ni siquiera saben como llamarlo. Y es esta fe lo que los mueve, los mantiene vivos, porque no pueden tener fe en el hombre para el hombre. Hay demasiada crítica destructiva, nos hemos dejado llevar por esta individualización dañina que no nos lleva mas que a la autodestrucción
    Yo diría, que este planteamiento hacia la religión es ir hacia atrás, es dar un paso atrás en la evolución porque éste ya no es el verdadero problema. Y saliendo del tema principal propongo que, nuestro problema está más bien basado en una mala educación por parte de un sistema capitalista que nos autodestruye, liquida nuestra originalidad y nos hace sentir culpables por serlo, acaba con nuestra forma de ver el mundo y de aprendizaje por otro ya impuesto para todos igual, y la realidad dice que no todos somos iguales y que no todos tenemos la misma forma de aprender. Estamos insatisfechos con nosotros mismos porque no nos han dejado crecer y esto lo transmitimos en nuestro trato para con los demás. Seguramente, una educación interior y no expansiva, sería la única forma de acabar con tanta envidia e injusticia global y con los resquicios de estos pocos que aún mantienen la religión como forma de vida y no como historia para estudiar nuestra evolución.

    Es sólo mi opinión personal sobre esta frase que vista desde nuestro tiempo actual no la puedo valorar de una forma abstracta y religiosa.

  5. haciaelcapital Dice:

    ” Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que, o bien no se ha adquirido a sí mismo o se ha vuelto a perder.”

    Con esto entiendo que Marx piensa que la religión es algo que el hombre debe superar. El hombre debe salir del engaño (autoengaño) de la religión, debe superarse y dejar esa droga que sólo es producto de la desgracia. Debe dar un paso más allá y salir a lo real, pensar por sí mismo, dar forma a su realidad. Debe mover él el mundo ( el mundo no conocido únicamente como “naturaleza” sino como entorno cultural, social, histórico, etc.). La religión es lo que el hombre inmaduro, sin constituir, el hombre perdido, joven, ha hecho de ella, un mero consuelo espiritual. Marx cree en la regresión, y para él quien se refugia en la casa de la religión es un hombre pobre, un hombre que se ha vuelto a perder.

    Gara Herrera López

    • Ciro: Muy bien Gara. Tu comentario me da pie para plantearle alguna pregunta al texto de Marx. Ahí se escribe como si hubiera algo así, en el fondo, a lo que llamaríamos “hombre auténtico” -una especie de “telos” antropo-lógico hacia cuya realización la consciencia religiosa sería un estadio -un estadio, claro, a “superar”. El texto parece dar lugar a una tensión irresuelta -tal vez irresoluble con los medios teóricos que Marx maneja entonces-: por una parte, el pensamiento de un “hombre auténtico” no permite dar un paso afuera suficientemente decidido respecto a la idea de una “esencia humana” (Feuerbach); por otra parte, ese pensamiento es necesario para la crítica de la religión y la crítica de la crítica antirreligiosa (ambas como “aufgehoben” en la crítica profana). Habría que darle vueltas a esto, ¿no?…

  6. haciaelcapital Dice:

    Moisés Jacobo Marrero Hernández:

    Comentario de la frase: El hombre hace la religión, y no ya la religión hace al hombre.

    La frase nos expresa el hecho de que ahora., con el paso del tiempo la sociedad ha evolucionado y ya no estamos condicionados a creer, pensar y actuar de una determinada manera basada en una serie de creencias que dan lugar a la religión, sino que ya somos capaces de crear y manifestar nuestros propios criterios sin vernos influenciados por ningún tipo de religión.

    • Vanessa Felipe Dice:

      ” Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que, o bien no se ha adquirido a sí mismo o se ha vuelto a perder.”

      Personalmente, lo que más me interesa de esta frase es la idea de la creación de Dios como concepto de “hombre potenciado”. Considero que con ello el hombre se exime de la carga que supone la perfección, que recae en ese Dios creado. Ese mismo concepto aparece en Freud, que consideraba que las representaciones religiosas nacían del impulso de corregir las imperfecciones de la civilización (El porvenir de una ilusión, libro que recomendó Ciro).

      El hombre inmaduro utiliza esta idea para justificar determinados actos, es la forma de disculpar sus errores y no asumirlos porque es imperfecto. Es un hombre que se oculta en la religión.

      Cuando el hombre maduro comprende esta idea no puede volver a ser igual, ya que es capaz de afrontar su propia imperfección y corregirla desde él mismo y no desde la religión. Sin embargo, puede suceder que la verdad que haya que afrontar sea tan dura que, como dice Marx, ese hombre se vuelva a perder.

      Vanessa Felipe

  7. haciaelcapital Dice:

    omentar “Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que, o bien aún no se ha adquirido a sí mismo o se ha vuelto a perder.”

    El hombre en su desesperación ha creado la religión. Afirmar la existencia de Dios es la aceptación del sometimiento y la debilidad, pues la religión ha sido creada para aquellas personas que no pueden dirigir su propia vida y necesitan encomentarla a un ser superior.

    La segunda parte de la frase ( “o se ha vuelto a perder”) hace referencia a que en muchas ocasiones, las personas que niegan a Dios recurren a él en un momento de desesperación por una necesidad de esperanza ( un accidente, por ejemplo).

    No obstante, para ser libres hay que matar la religión.

    Amanda Sánchez López

    • Isaac Almeida Dice:

      Estoy perplejo ante tu afirmación tan ligera y rotunda “no obstante, para ser libres hay que matar la religión” =O

      ¿De verdad crees que el problema de la no libertad del hombre es la religión?
      Creo que no sabes lo que es la religión, ni sabes tampoco lo que es la libertad. El problema no es la religión, el problema es el hombre mismo que quiere ser DIOS.

      • haciaelcapital Dice:

        Eladio dixit:
        Querido Isaac, creo que estás utilizando ahí una figura retórica que se denomina “argumentatio ad verecundiam”. Se trata de oponerse a una tesis alegando que quien la sostiene es ignorante -o bien que el punto de vista propio es el válido sólo porque uno sabe más. Esa forma del argumento es lo que se denomina técnicamente “falacia”. No estaría, creo, de más que intentaras rebatir seriamente lo que dice Amanda, ya que es obvio que ella sí piensa que eliminación de la religión es un requisito para liberación humana. ¿Por qué -sin que baste considerarla una ignorante- se equivoca? …

      • Eladio:
        si lo que dice Isaac es una falacia, qué hay que decir entonces sobre lo que dijo Ciro en clase de que aquel que estaba en contra del sistema tenía un pensamiento estrecho porque el sistema es a lo que nosotros hemos llegado mediante la praxis, y bien, ¿ cuál de nuestra praxis ha llegado a crear un sistema corrompido por el poder ? ¿ No nos hemos desgastado por tener unos derechos, una constitución….y la lucha por la igualdad de clases ….? ¿ para qué sirve la constitución que tantas vidas costó ?…… ¿ es entonces nuestro sistema el resultado de nuestra praxis, o no es que han seguido incesantemente inventando nuevas formas de control y manipulación masiva ?
        Ya que tanto se menciona matrix. Problema, reacción, solución. Esto es lo que hace nuestro sistema: Primero, crean el problema; luego, esperan una reacción que demande una solución; y por último, se acercan a ofrecer la solución (suya). Palabras de David Icke, coguionista de matrix.

      • Perdón Eladio, en ningún momento he alegado que Amanda sea una ignorante… disculpa…!!Nunca!!
        Quizás no has sabido leer bien. A mí, lo que me impresiona es que se pueda afirmar algo tan rotundo. Es casi un dogma “no obstante, para ser libres hay que matar la religión”.
        Hoy día se está matando la religión ¿somos más libres por eso? Desde luego que no. Yo quiero decir que el problema no es la religión. Y que no se puede hacer esa afirmación, porque no tiene fundamento, ni sentido. Existen muchísimas personas que gracias a la religión han experimentado la libertad.
        Pregunto::¿por qué para ser libres hay que matar la religión?
        Amanda en ningún momento te he considerado una ignorante, sólo que no estoy de acuerdo con esa afirmación. Y en mi comentario creo que no doy a entender eso. Sólo me impresionó la frase. La respeto totalmente.

  8. haciaelcapital Dice:

    Resumenes de Steven Galvis:

    -«Para Alemania la crítica de la religión está esencialmente acabada, y la crítica de la religión es el presupuesto de toda crítica.

    »La existencia profana del error está comprometida una vez que está impugnada su celeste oratio pro aris et focis. El hombre que en la fantástica realidad del cielo, donde buscaba un superhombre, sólo ha encontrado el reflejo (Widerschein) de sí mismo, no se sentirá ya dispuesto a encontrar sólo la apariencia (Schein) de su sí mismo, a encontrar sólo lo in-humano, donde busca y debe buscar su verdadera realidad.»

    Tomamos contacto con la peculiar forma de escribir de Marx. El fragmento que empezamos a leer está dotado de un ritmo casi musical, de una especie de martilleo que viene a expresar la destrucción de la religión. Sin embargo la crítica de la religión de Marx no pretende llegar a la destrucción de ésta —acaso porque Feuerbach ya se había encargado de ello. La labor que le exige su tiempo es bien diferente: llegar a otro nivel del problema, a la raíz de la enfermedad. (La religión deja de ser el campo de batalla). Por ello Marx parte del método dialéctico de Hegel y aborda el problema desde el concepto authebug, es decir, desde la superación.

    El superhombre que busca la religión —Dios— no es más que la proyección de las propias potencialidades del hombre multiplicadas hasta el infinito. La divinidad como el resultado de esa autoenajenación del hombre, no es más que la idea del hombre emancipado, de sus posibilidades de despliegue. Por tanto la religión tiene una pretensión salvable, su objetivo último: la felicidad del hombre. Es un objetivo digno pero imposible por el camino de la fe, por tanto hay que llegar a él por otros medios.

    La propia estructura de la religión, su naturaleza conformista y legitimadora de las desdichas, encadena la pretensiones (de superación) del hombre. Someterse a la divinidad, supone siempre someter y hasta perder la esencia de sujeto, perder el protagonismo, para pasar a ser un mero objeto de la voluntad «infinita». Por tanto la crítica de la religión, si ha de suponer alguna eliminación, supondría tan solo la del medio, pero no la del fin. Es decir, que el hombre no se conforme solo con la emancipación imaginaria, sino que empiece a poner manos a la obra para llegar a ella.

    Marx es conciente de esto; ve a la religión como una especie de síntoma de la enfermedad real. Por tanto su crítica a la religión, no es más que un punto de partida para la crítica del estado de cosas que la hacen necesaria.

    -«El fundamento de la crítica antirreligiosa es: el hombre hace la religión, y no ya la religión hace al hombre. Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que, o bien aún no se ha adquirido a sí mismo o se ha vuelto a perder.»

    (En el es texto se puede apreciar un atisbo de orientación humanista, que más adelante Marx abandonará). Marx nos muestra la idea fundamental de la crítica antirreligiosa de Feuerbach para después matizarla y completarla. Decir que el hombre hace la religión, es decir la mitad de la verdad, por ello Marx aclara: el hombre, en tanto que hombre pequeño, hombre menguado, hombre bajo, es el que hace la religión. La religión es lo que ese hombre menguado sabe (autoconciencia) y siente (autosentimiento) de si mismo, es decir que es en la religión donde ese hombre pequeño pone su grandeza. Es una especie de mundo invertido donde el sufrimiento crea el bienestar —imaginario—, el cielo. A lo que Marx intenta apuntar con esto es hacia las condiciones materiales que hacen que la religión sea necesaria para algunos hombres, al porqué de que algunos necesiten y se conformen con la religión y otros no se vean necesitados de ello.

    Frente a Hegel, en Marx y en Freud está siempre presente la idea de regresión. Se puede alcanzar un estatus de conciencia o de bienestar y volverse a perder: «ninguna conquista es definitiva». (El hombre no es más que un medio de entramados y construcciones lingüísticas, históricas y culturales: somos seres sociales, mundanos en cuanto a nuestra relación con el mundo, y por tanto estamos sujetos a las dimensiones de cambio, al devenir histórico).

    Por último se nos habla de la crítica de la religión que Freud hace en El porvenir de una ilusión. Una crítica realmente destructiva que desde el psicoanálisis deja muy mal parada a la gente de fe: acabamos viéndolos como si fuesen perturbados que buscan el amor perdido de su padre en otro imaginario, o algo por el estilo. Sin embargo el libro concluye de una manera fantástica, que nos viene a decir algo así: si la religión es corrompedora y mala, y si además somos concientes de ello ¿Por qué no la abandonamos? ¿Por qué no la superamos? Por qué no.

    -«Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que, o bien aún no se ha adquirido a sí mismo o se ha vuelto a perder.»

    Cuando el hombre empieza a hacerse preguntas sobre su realidad, esto es: cuando el hombre empieza ser hombre, nace la religión como respuesta a ese preguntarse, como medio de interpretación de la realidad. La tendencia de interpretar el mundo en el que vivimos es algo propio de la naturaleza del ser humano: el lenguaje simbólico nos acerca más a esa comprensión del mundo. El problema viene cuando el hombre no es capaz de ir más allá de esa interpretación y se acomoda en el mundo fantástico que su lenguaje simbólico creó, cuando pone en él todos sus anhelos de superación para no irlos a buscar nunca. Cuando deja de caminar el hombre, deja de crecer, se hace pequeño y se acostumbra a la bajeza.

    Las historia del hombre siempre ha sido la historia de encontrarse un poquito y volverse a perder en su encuentro. La razón un día le permitió al hombre desterrar a los infinitos dioses, pero al otro lo ató con mitos más complejos y secretos, con religiones más electrónicas y sofisticadas. La historia del mundo es cambio, es movimiento, es devenir y regresión, es volver a empezar infinitamente, pues como infinitas configuraciones de hombres y momentos para el hombre habrá, infinitas posibilidades tienen ellos de perderse y volverse a encontrar.

    Lo importante es que a cada encuentro, cada vez que el hombre tenga su grandeza en este mundo, en sí mismo, se dedique a guardar y buscar para sí mismo todo lo bueno, y que si alguna vez viene lo malo, o lo malo lo oprime, que no sea gracias a su colaboración o consentimiento.

    Steven Galvis Muñoz

    • haciaelcapital Dice:

      Ciro: Lo siento Steven, pero no reconozco en lo que escribes ahí mi discurso… En fin, tal vez dije esas cosas o parecidas -pero, como lector, no me las atribuyo…

      • Steven Galvis Muñoz Dice:

        Espero que en mi texto no se haya confundido los apuntes de clase acerca del texto de Marx (al menos los de dos de los primeros días de clase) y el comentario del fragmento que debíamos realizar, pues a éste le falta un encabezado que lo señale como tal. Respecto al comentario del fragmento (parte última de mi texto que empieza con dicho fragmento entrecomillado), que creo que es al que usted Ciro se refiere, he de decir que mi intención, en ningún momento, fue la de reflejar su discurso. Más bien lo que traté de hacer —y que creo que en eso consistía la tarea— fue en reflejar mi punto de vista (quizás demasiado «poetizado»), mi «interpretación», respecto al fragmento —o al menos el que en aquél momento podía tener, pues en clases posteriores se explicaría más explícitamente su sentido.

  9. haciaelcapital Dice:

    Amanda dixit:

    Comentar “Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que, o bien aún no se ha adquirido a sí mismo o se ha vuelto a perder.”

    El hombre en su desesperación ha creado la religión. Afirmar la existencia de Dios es la aceptación del sometimiento y la debilidad, pues la religión ha sido creada para aquellas personas que no pueden dirigir su propia vida y necesitan encomentarla a un ser superior.

    La segunda parte de la frase ( “o se ha vuelto a perder”) hace referencia a que en muchas ocasiones, las personas que niegan a Dios recurren a él en un momento de desesperación por una necesidad de esperanza ( un accidente, por ejemplo).

    No obstante, para ser libres hay que matar la religión.

    Amanda Sánchez López

  10. Jesús Arvelo Hermida Dice:

    “Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que o bien aún no se ha adquirido a sí mismo o se ha vuelto a perder”

    El ser humano crea la religión para que le diga a sí mismo que es lo que debe pensar y sentir, es decir, la religión hace de sustituto del pensamiento y sentimiento individual de cada persona. Los seguidores de una religión, por tanto, no ejercen el librepensamiento ni el libresentimiento.

    Para ser seguidor de una religión (aun no se ha adquirido a sí mismo) o caer en una religión (volverse a perder) la persona debe ser un hombre menguado, que cede su responsabilidad de solucionar los problemas a un ente o Dios ya que no tiene la suficiente fortaleza mental para aceptar la realidad de la tierra con toda su problemática.

    Jesús Arvelo Hermida

  11. haciaelcapital Dice:

    Jesus Arvelo:

    “Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que o bien aún no se ha adquirido a sí mismo o se ha vuelto a perder”

    El ser humano crea la religión para que le diga a sí mismo que es lo que debe pensar y sentir, es decir, la religión hace de sustituto del pensamiento y sentimiento individual de cada persona. Los seguidores de una religión, por tanto, no ejercen el librepensamiento ni el libresentimiento.

    Para ser seguidor de una religión (aun no se ha adquirido a sí mismo) o caer en una religión (volverse a perder) la persona debe ser un hombre menguado, que cede su responsabilidad de solucionar los problemas a un ente o Dios ya que no tiene la suficiente fortaleza mental para aceptar la realidad de la tierra con toda su problemática.

    Jesús Arvelo Hermida

  12. haciaelcapital Dice:

    [Comentario de Juan José Rodríguez Bastidas al fragmento de la Introducción a la Crítica de la Filosofía de Hegel, de Karl Marx]

    “Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que, o bien aún no se ha adquirido a sí mismo o se ha vuelto a perder”

    En esta reflexión, Karl Marx sigue una argumentación que nos lleva a caracterizar la religión como algo necesario en el hombre alienado. Esta frase en particular pertenece a un fragmento en el que queda patente el materialismo marxiano, en tanto considera a la religión producto del hombre, y no a la inversa. Por tanto, la religión es una ideología creada por el hombre, ante un determinado mundo, en el que vive. Marx la considera autoconciencia, porque, a partir de su incapacidad de realizarse a sí mismo, este extrapola las características que lo harían un ser humano realizado a un ente superior, llamado Dios, que no posee otras cualidades sino humanas, y autosentimiento del hombre, en tanto necesita la promesa de una nueva vida, una vida más allá de lo terrenal, en la que pueda realizarse finalmente, escapando de las penurias, del valle de lágrimas que resulta ser su existencia material. Ya en este escrito se pueden observar líneas teóricas que dominarán la reflexión marxiana hasta el fin de su existencia: las condiciones materiales dan lugar a una determinada ideología (superestructura, para usar su terminología) que legitima las penurias que los hombres viven en su día a día. Como el propio Marx afirma en el mismo ensayo, la tarea del hombre que ha descubierto sus cadenas, ahora ya sin flores que las adornen, es comprender las circunstancias que lo mantienen siendo un ser no logrado, alienado. La religión se hace necesaria siempre y cuando las condiciones materiales la hagan de esta manera. Ante quien argumente que, a pesar de estar viviendo en el mismo sistema alienante en el que Marx vivió, la religión no tiene ese papel hoy en día, hay que matizarle que ese papel alienante, que promete la felicidad eterna, debido a la bondad de una divinidad, incorpórea, metafísica, hoy en día es cumplido por otra serie de instituciones mucho más poderosas, y más eficaces, los medios de entretenimiento masivo, que a pesar de no prometer una vida eterna, sí que hay que describirlos como instituciones hiperrealíticas, es decir, que se constituyen por encima de la materialidad del mundo, que proporcionan felicidad ilimitada durante un determinado periodo de tiempo, legitimando las condiciones que han provocado ese comportamiento. Que la religión haya sido sustituida por otro tipo de ideología no significa otra cosa que la materialidad del mundo, y el desarrollo de la sociedad capitalista imperialista, ha conseguido mejores métodos para mantener el sistema de explotación y saqueo. No deja de ser curioso que las instituciones modernas que proporcionan este tipo de felicidad jueguen con el tipo de persona que se ha conseguido, que proporcionen un modelo de conducta que ha de ser imitado, formando una especie de pseudoconciencia de su misera vida, al igual que Dios era quien contaba con las características humanas del hombre realizado.

    –FIN–

  13. haciaelcapital Dice:

    María José Luzardo dixit:

    Texto complejo en sus ideas fundamentales escondidas en la sencillez de su redacción traducida; filósofo, economista, sociólogo,… estructuralista y determinista económico, la religión para Marx no supone el problema mayor. Es la infraestructura económica la que condiciona y determina no solamente la organización social, sino toda una superestructura legitimadora de la realidad social. La religión, entiende Marx, se incluye en esa superestructura condicionando a los individuos y, como ideología, ofrece una imagen a los dominados de sí mismos que tiene por objetivo la aceptación de su posición social. La ideología religiosa trabaja a favor de los dominantes alterando el pensamiento y la acción de los dominados y en beneficio de la explotación económica de unos sobre otros.
    La contextualizacion del texto y el conocer y saber de los conceptos marxistas llevan a entender a Marx cuando piensa la religión no como una institución social externa al individuo, sino como ideología (como concepto marxista) interiorizada por él; primero, como representación de los intereses de las clases dominantes, segundo, como un reflejo invertido y truncado de la realidad social y tercero, como una existencia independiente y coercitiva para las personas.
    Así, cuando se habla de autoconciencia y autosentimiento no se refiere literalmente a lo que el hombre sabe o siente de sí mismo, sino a lo que el hombre es condicionado a que sepa o sienta de sí mismo. El hombre, dice Marx, y contextualizando la clase social del proletariado, no es consciente de sus capacidades para ser, no es consciente de sí mismo y no es consciente de su posición social y esto supone la base de la teoría marxista, la liberación del hombre, la liberación del hombre de un sistema económico que naturaliza una realidad social que lo constriñe llegando a la alienación de los individuos.
    La liberación del hombre como reflexión filosófica del ser, conceptualizada en el potencial humano; el alienar a los individuos y no dejar evolucionar sus capacidades como tales por las relaciones sociales (desiguales) de producción donde unos poseen los medios de producción y otros se ven obligados a vender su fuerza de trabajo. Una teoría materialista basada en una reflexión del ser del hombre que significa algo que va más allá de lo material. Una crítica a las sociedades capitalistas y a la religión no como institución social en sí misma, sino como medio legitimador primero de la realidad social y segundo como ideología interiorizada, socializada, por los individuos para la aceptación de esa realidad social.
    Por ello, lo fundamental en la crítica de la religión no es la religión, no habla de religión o religiones, habla de ideologías, de ideas, habla de conciencias,… la crítica es a la infraestructura económica, a las sociedades capitalistas, al sistema que necesita de la religión para formar falsa conciencia, de socializaciones tergiversadas necesarias para un fin de estructura sobre individuo, de infraestructura económica sobre relaciones sociales legitimando en una superestructura, de sociedades capitalistas, del capital sobre el individuo. La religión es casualidad y no causalidad, es decir, en sociedades modernas actuales (o post-modernas según se considere) no asume el mismo “papel principal” que cuando Marx vive y escribe, lo cual no quiere decir que el que la religión ya no posea el papel de condicionarnos en determinadas ideologías para aceptar la realidad social, no exista otra u otras instituciones sociales que sí lo tengan.

  14. haciaelcapital Dice:

    Marta Alemán:

    “Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que, o bien aún no se ha adquirido a si mismo o se ha vuelto a perder”.

    Autoconciencia, y autosentimiento un reflejo del hombre divinizado. Un ser perdido cual naufrago que necesita creer en algo para sentir que puede librarse de todo por el mero hecho de rezar.
    Un hombre ingenuo que o bien no se ha adquirido o se ha vuelto a perder, tras cualquier acontecimiento grave, piensa que no hay escapatoria y busca la verdad en un cielo que se encuentra en su espejo.

  15. haciaelcapital Dice:

    [...]Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que, o bien se ha adquirido a sí mismo o se ha vuelto a perder.[...]
    Marx, K.(Marx-Engels Werke, 1843)

    Este fragmento escrito por Marx en 1843, fue extraído de un texto titulado “La Religión”. Se trata de una crítica que persigue llevar la mirada más allá del objeto decadente: la religión, esto es, buscar las causas que lo propician.

    Partiendo del argumento de Feuerbach, que defiende que la religión es una creación del hombre; es decir, el hombre crea la idea de Dios, y no al contrario, Marx va más lejos, afirmando además, que esta creación humana refleja la concepción del hombre sobre sí mismo: “[…]…la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre…[…] “.Dadas unas circunstancias adversas, éste identifica su dolor, y busca en las creencias míticas un escape, por tanto el concepto de Dios queda plasmada la idea que el hombre tiene de sí mismo.

    Pero no sólo eso. Dice además: “[…]…del hombre que, o bien no se ha adquirido a sí mismo… […]”. Con ello se refiere al hombre desgraciado, infantil, esclavizado, que aún no se ha emancipado, que no es libre. Que no se ha dado cuenta de su fuerza y poder, que vive diezmado por su propia abulia hacia el mundo.

    Este estado psíquico de la humanidad, se refiere a la antítesis de un nivel de emancipación y madurez suficientes para el bienestar del individuo,- “… […] no se ha adquirido a sí mismo, o se ha vuelto a perder.[…]”- un estado de bienestar que no sólo se debe alcanzar, sino que quizás ya se obtuvo, y se volvió a disolver.
    Juan Diego Carlos Monzón

  16. haciaelcapital Dice:

    Comentario

    Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que, o bien aún no se ha adquirido a sí mismo o se ha vuelto a perder.

    La religión es ideología. Es el reflejo de las proyecciones del hombre, un hombre incompleto, sin constituir, aún lejos del pleno desarrollo. Es ideología en tanto que justifica el estado de cosas existente que provocan el desamparo del hombre. La autoconciencia y el autosentimiento son aquello que sabe y siente de sí mismo el hombre que ha renunciado a hacer de sí mismo un superhombre, un hombre verdadero, portador de todo aquello que le atribuía a un Dios ficticio, que no es más que la realización en un paraíso fantástico de aquello que el hombre terrenal no puede o no se le deja llegar a ser.
    La religión es producto de la desgracia, de la explotación,… Es la forma de imaginar en el cielo lo que en la tierra parece irrealizable, o la forma que tienen de consolar los que no quieren hacer de la tierra cielo. La felicidad celestial se convierte así en el consuelo de la desgracia terrenal. Y es precisamente en la desgracia donde hay que buscar. La religión nace de las condiciones materiales de vida que la hacen necesaria, esto es, del conjunto de relaciones sociales propias del sistema productivo capitalista, de la base o estructura. Religión, junto con Ideología, Política o Derecho, no son más que resultado de la superestructura, erigida en el sentido de favorecer siempre las relaciones de la base. Luego, la religión no es ya revolucionaria, sino justificadora de la misma.
    No obstante, el hombre se hace a sí mismo, configura su personalidad, a partir del conjunto de relaciones sociales en las que se ve envuelto. Su conciencia es también producto de ese entramado, por lo que está siempre expuesto a nuevas coacciones que configuren su ser cambiante. Es por ello que llegar a la base, encontrarse así mismo, conquistar un nuevo nivel de la conciencia puede ser un proceso reversible, de regresión y vuelta a la fe desesperada. En esa dialéctica funcionan las praxis emancipatorias concretas, que nunca podrán entenderse como el logro de la libertad en sentido absoluto.

    Yonatan Coello Díaz

  17. Paulo José Hernández Plasencia Dice:

    Resúmenes de clases (con añadidos propios y algunas mejoras):

    Clase del 16/09/10:

    Cerca del final de su vida, Karl Marx declaró en respuesta a los pretendían convertir sus ideas en doctrina y sistema: “Yo sólo sé que no soy marxista”. Y es que el pensamiento crítico y abierto del filósofo de Tréveris, cuyo lema principal fue “hay que dudar de todo”, fue secuestrado por diversas academias y, lo que es más, nosotros mismos nos hemos creído que existe algo denominado “marxismo”. No obstante, no cabe la posibilidad de que tuviera lugar un prístino “marxismo auténtico” que luego sufriría una deformación dogmática y que, acaso, pudiésemos hallar en su originalidad inmaculada “barriendo la escoria”.

    Por otro lado, podemos notar cómo hacemos una proyección de sentido del juicio (que toman la forma de prejuicios) cuando, por ejemplo, nos enfrentamos a la lectura y comprensión de El Capital. Desde la caída del Muro de Berlín, los ideólogos neocon han proclamado “el fin de la Historia” (Fukuyama) y que los catastróficos acontecimientos recientes han refutado los análisis de Marx. Sin embargo, no hay ni clichés históricos ni predicciones y la Historia está lejos de haber acabado.

    En contraste con tales críticos y, en el fondo, propagandistas del poder omnímodo del capital, nos atrevemos a sugerir que el discurso marxiano, de naturaleza abierta y prismática, sigue siendo actual. Al fin y al cabo, vivimos en un mundo capitalista “hiperindustrial”, como diría Marvin Harris.

    En otro orden de cosas, ya que subrayamos el poder crítico de los estudios que llevó a cabo Marx, también debemos indicar su debilidad nuclear: toda crítica tiene un carácter temporal. Si la revolución triunfara a nivel mundial y la sociedad de clases fuera arrojada “al basurero de la Historia”, ¿no dejaría la crítica de Marx de tener vigencia al quedar fuera de la Tierra su objeto, el capital? Así pues, la crítica es tan efímera como las condiciones materiales que la posibilitaron.

    Los soviéticos, con Lenin a la cabeza, tomaron un Marx impregnado en la Dialéctica de la Naturaleza de Engels. Como mencionó alguien, Marx fue su Jesucristo, Lenin su San Pablo y Stalin su Constantino el Grande. En un momento tan eufórico como escolástico, el autor de El Imperialismo: fase final del capitalismo dijo: “El marxismo es omnipotente porque es verdadero”. El Diamat, la doctrina oficial del marxismo bolchevique, profetizaba con total certeza que el comunismo dominaría el mundo porque el Cosmos y la humanidad progresista y avanzada estaban de parte de la Unión Soviética y sus satélites.

    Marx, por su parte, se limitó a realizar un análisis oblicuo, circular, indirecto de la sociedad, de la base material que sustenta toda una constelación superestructural (cultural, religiosa, política, jurídica) de dominación del hombre por el hombre.

    La Introducción de la Contribución la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel marca el punto de ruptura del pensador de Tréveris con la izquierda hegeliana a la que perteneció en su juventud. En tal obra, contemplamos una interesante reflexión sobre el papel de la crítica religiosa de sus precedentes, sobre todo, apuntando a Feuerbach y su magna obra “Esencia del cristianismo”. Marx cree que, en realidad, la crítica a la religión no nos revela la raíz del problema: no nos explica por qué los seres humanos se someten a lo sacro, a Dios, y esperan sumidos en la fe una inexistente vida eterna. En su lugar, la religión en Marx no es sino un síntoma de la miseria real, material, del sufrimiento mundano. Sería, asimismo, un componente más de la sociedad, cuya crítica, en definitiva, es la fundamental y necesaria, ya que es el modo de producción el que genera realmente lo que llamamos “espiritual” o “cultural”.

    La religión no sería más que una emanación vaporosa y tóxica de un pútrido pantano social enajenado, una falsa conciencia en el sentido de Marx: un elemento ilusorio vinculado a una sociedad, una mera ideología necesaria y, además, aliada de la clase dominante y partícipe de la subyugación de los oprimidos.

    Finalmente, la clase termina con la siguiente interrogante: ¿existe la religión hoy en día? ¿Es la gente moderna religiosa? Ante ello, responderíamos con cierta sorna: “Dios es el mercado y el capital es su profeta”.

    Clase del 21/09/10:

    ¿Qué tiene de peculiar el texto filosófico? Que es un acontecer inacabado, rico en significados, siempre cambiante. Los significados y significantes son diferentes y, en ocasiones, muy difíciles de traducir a otras lenguas. De ahí la importancia de la traducción, que no es otra cosa sino una interpretación sometida a influencias externas. No en vano, la palabra “felicitas”, que significaba en los antiguos textos latinos “fertilidad”, fue entendida como “felicidad” largo tiempo. Así, los campos fértiles se convirtieron en los campos felices.

    En la década de los años 50 del siglo XIX Marx vuelve a retomar la dialéctica hegeliana. Lo apreciamos cuando utiliza el concepto de Aufhebung, que toma como una negación que, en lugar de provocar una demolición radical de lo que niega, lo eleva a otro nivel. Por consiguiente, reconoce a la religión como algo salvable destruyendo la forma pero no su finalidad. Hegel lo denominaba “negación determinada”.

    La religión, de hecho, sería sólo un mero síntoma más de una enfermedad general: la autoenajenación. Se debe criticar, en todo caso, la base material que la sustenta y la hace necesaria. En añadidura, la religión consuela, pacifica, legitima y, con ello, tapona las contradicciones inmanentes de la sociedad. Es una excrecencia, un subproducto de un mundo regido por el capital.

    En otro orden de cosas, no encontramos nada parecido a una antropología en Marx, pues la temporalidad es consustancial al hombre, que no existe en abstracto. Los seres humanos son determinados por las relaciones sociales, un producto moldeable y, ciertamente, moldeado por la sociedad, por el mundo, por su mundanidad. No existe una esencia o naturaleza (physis) humana, pues lo humano es resultado de nuestra propia praxis y no de la genética (E.O.Wilson), los instintos innatos (Steven Pinker, Desmond Morris) u otros supuestos condicionantes esenciales y eternos de la especie. De este modo, se concibe a la revolución como una praxis de autotransformación.
    El interés de Marx por la religión en sí, como fenómeno exento de lo social, no era tan importante como lo fue para los materialistas ilustrados o los naturalistas. La idea de Dios no es tan relevante como discutir la realidad que posibilita la idea de Dios.
    En el fragmento que se nos remite para su estudio de Introducción a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel hay una constante distinción entre lo sacro y lo profano (terrenal). Marx nos presenta la tesis de Feuerbach: el superhombre o Dios es el reflejo del hombre mismo emancipado en su propia posibilidad de despliegue. Dios, así pues, es sólo la apariencia que se produce cuando el hombre busca en el Cielo al superhombre en lugar de buscarse, en primer término, a sí mismo. Dios es la visión del hombre potenciado, omnipotente, reforzado. Para Feuerbach, la emancipación consiste en que los seres humanos asuman como propios los atributos “divinos” y dejen de proyectar su esencia en un más allá ilusorio.
    Con la creación de Dios, el hombre crea un mundo de apariencias, de fantasmas, inhumano. De esta forma, lo único que consigue es autoperderse y no actuar como un sujeto activo.

    Clase del 23/09/10:

    A la hora de comprender e interpretar el pensamiento de Marx es conveniente retomar el hilo antidogmático y antimarxista que tejió sobre él la escuela de Frankfurt. Leamos, pues, la filosofía de Marx como una filosofía crítica (una Teoría Crítica) en numerosos ámbitos que se turna el relevo tomado mucho antes por la Ilustración: es la consumación del pensamiento crítico de la primera modernidad.

    Sus ideas ponen en tela de juicio al dominio, al poder, la esclavización en todas sus formas y máscaras. Incluso es sencillo detectar una relación fuerte entre Bakunin y el pensador de Tréveris, un nexo en su crítica al Estado. Pero no todo acaba ahí. Subsiste, también, una trituración del patriarcado, del machismo, de la presión sexual tradicional que la burguesía hizo suya tras haberse extinguido su primigenio fervor revolucionario.

    Y a pesar de que los autodenominados “marxistas” soviéticos asumieran la idea de Engels de que la naturaleza debía ser sometida por los hombres (con nefastas consecuencias: véase el Mar de Aral), en Marx resuenan ecos ecologistas: el capital destruye la naturaleza, la “deseca”, “desertiza”. No obstante, no existe sólo la naturaleza externa (la foca, el medio ambiente), sino que además incorpora la noción de naturaleza interna que constituye la psique del individuo corpóreo vivo, su articulación presente de la personalidad.

    Esa naturaleza interna, olvidada por muchos, es destruida al igual que la interna por el despliegue depredador y creador de moldes del capital. Así, el capitalismo ha generado toda una industria que provoca la manipulación aniquiladora de las pulsiones humanas, de los principios pulsiones o de placer, en palabras de Marcuse.
    La carrera del control mental fue una ramificación más de la carrera militar y especial de la Guerra Fría entre las dos principales potencias del momento. Sólo citaremos un par de ejemplos históricos para ilustrarlo, como el proyecto MLK-ULTRA, la invención de las anfetaminas o la aparición del LSD tras la Guerra de Corea de 1950-1953. Pero tampoco es necesario irse tan lejos: Hollywood, la televisión y la publicidad, en general, generan de forma industrial, eficiente y precisa individuos impotentes y formas adaptativas de personalidad. Existe toda una fabricación de “yoes”, de masas de conciencia, de la naturaleza subjetiva del individuo. Y, sin embargo, ¿podemos pensar en un “yo auténtico”?

    Hay una importante contradicción palmaria en el joven Marx. Por una parte se considera humanista, y por otra no cree en ninguna antropología. Tal dicotomía se explica por su concepción dinámica de la Historia; no hay ningún “hombre libre” modelo en los Cielos que deba ser realizado: la esencia humana no es una naturaleza humana eterna e inmutable, sino una praxis autorrealizable. Así pues, no nos caracteriza un “qué”, sino un “cómo”.

    Normalmente y durante mucho tiempo, desde los antiguos griegos, el ser era estático, subyacente, invariable. Marx invierte los términos y afirma que somos un proceso autorrealizativo, somos lo que hacemos, pero al hacer nos hacemos a nosotros mismos en una mutua interrealización constante.

    Por desgracia, la tradición marxista ha ideologizado políticamente el discurso de Marx. Han acabado produciendo toda una catequización, un marxismo-leninismo. En su lugar, hay que vislumbrar cada texto como un baúl de múltiples dimensiones, como un sendero que se bifurca en múltiples caminos.

    En otro orden de cosas, podemos decir que Marx no prestó demasiada atención a lo moral; de hecho, criticó a los moralistas y los sermoneadores. No se trata de que el capital sea malo o bueno, sino que, independientemente de valoraciones morales o de lo que la ética tenga que decir, es destructivo. Pero hay elementos morales en la filosofía de Marx, a pesar de todo. Por ejemplo: su idea de libertad.

    Marx distinguía entre la libertad positiva o libertad “para” (de índole burguesa, abstracta y formalista), y la negativa, la libertad “de”, “de estar libre de coacción”, que él defendía de manera militante. Por otra parte, no existe nada semejante a una “Libertad” con mayúsculas de carácter angelical, sino las praxis emancipatorias concretas.

    El modo de producción capitalista produce hombres perdidos y menguados. Éstos, crean la religión y su autoconciencia y autosentimiento, esto es, lo que saben decir y sienten de sí mismos en tanto que seres esclavizados. En la Fenomenología del Espíritu, Hegel lo llama “conciencia desgraciada”, es decir, la excrecencia o purulencia del hombre infantilizado, no plenamente desarrollado.
    En El Porvenir de una ilusión Freud denomina a la experiencia religiosa “un sentimiento oceánico”. Más concretamente, la definió como una fase de neurosis infantil (una idea que, curiosamente, nos recuerda a los actuales “memes víricos” de Dawkins).

    Clase del 28/09/10:

    Con la frase “la religión es lo que sabe y siente de sí el hombre menguado” podríamos coagular toda la filosofía clásica alemana. La autoconciencia es lo que sabe de sí y el autosentimiento lo que siente de sí el hombre menguado, perdido.

    ¿Y qué significa ese “sí mismo” en Marx? Para responder tal cuestión es necesario hacer una reflexión previa sobre el carácter de nuestra lengua: el castellano. Ésta, se caracteriza por su tradición católica (ha incorporado elementos católicos en su léxico y semántica por influencia del clero) y, paralelamente, no se desplega sin dificultad del terreno de lo ontológico, de lo realista; nos describe el universo en tanto que conjunto empírico, externo y existente. Es, a la postre, incapaz de pensar la subjetividad.

    Hay quien ha considerado, desde una perspectiva global, el inicio de la modernidad como el siglo de la subjetividad. Las lenguas modernas (alemán, inglés…) son las lenguas del self, del “yo”, del sí mismo, del sentir de sí. Una tarea importante, que requiere de nuestro esfuerzo, es la de convertir el castellano en una lengua capaz de pensar la subjetividad y evitar su aspecto desértico, árido, escaso en conceptualizaciones múltiples.

    La duda subjetiva, procedente del self, no sólo desembocó en la Reforma protestante, sino también en la duda metódica de Descartes, que duda de todo excepto de sí mismo. El self, de esta manera, se convierte en la columna central de la certeza, en el fundamento del conocimiento.

    Mientras el hablante castellano, al decir “realidad” hace siempre referencia a las cosas físicas, Hegel y, por extensión, Marx, no distinguen entre realidad (Realität) y apariencia (Wicklichkeit). Es más: en la filosofía hegeliana, lo auténticamente real es lo sustantivado, lo racional (la realidad profunda), pudiendo existir una realidad fáctica ilusoria. La facticidad falsa es una falsa configuración en lo objetivo de lo que es el mundo en sí o para sí. La clave es entender el concepto de realidad de Hegel en tanto que despliegue del Espíritu en la Naturaleza.

    Usando terminología aristotélica podemos establecer una relación de lo antes comentado con la dýnamis y la energeia, pues en la filosofía clásica alemana se retoma la idea de potencialidad del ser, de su carácter continuamente deviniente y de desarrollo que hace suyo el pensamiento dialéctico. Así pues, no hay un “ser” (ousía) estático, invariable, de estirpe griega. Para ilustrar esta idea intentaremos establecer un ejemplo concreto: algunas formas de configuración de un Estado, como la monarquía, se pueden entender como fácticas (empíricas) pero falsas, ya que no están a la altura de la época, poseen un desfase. El dadaísta Duchamp murió como artista cuando su irreverente obra ganó un puesto en los museos. El devenir se nos muestra como una negación de la realidad.

    Entonces, “sí mismo” no es un physein, una naturaleza humana. Marx se confronta con el naturalismo materialista clásico (ya sintetizado desde Aristóteles) de Feuerbach. El hombre debe volver a su praxis de manera autorrealizativa. Praxis equivale a hacer. Somos autoactividad en tanto que cuando hacemos nos hacemos: lo humano no es naturaleza, sino mediación, construcción; en esencia no somos nada. Foucault lo expresó poéticamente al escribir que el ser subyacente (ousía) se desvanece “como dibujos en la arena que la ola barre”.

    Lo único natural en nosotros es ser antinaturales; no somos una cosa más del mundo porque nos construimos y nos estructuramos. En lugar de naturaleza somos cultura, historia. Únicamente las relaciones con las cosas y con los demás determinan lo que somos. En resumen, se trata de un pensamiento antiontológico que asevera que somos transitoriedad; el ser se crea, se transforma, no es lo que permanece.

    A nivel general, solemos asumir que somos lo que creemos ser. Sin embargo, en tanto que somos seres menguados, autoenajenados, no sabemos de nosotros mismos que podemos ser lo que queremos ser. Sólo los hombres emancipados serían capaces de ello.

    Por otra parte, hay una poderosa similitud entre el “sí mismo” de Marx y el Acto Puro de Aristóteles. Éste, al igual que aquél, no posee dýnamis (potencia), ni se compadece o se queda con lo establecido, sino que subvierte lo dado desde sí mismo. Es una potencialidad que no tiene energeia, una autoacción que no corresponde a una forma de ser determinada, sino a una fuerza constructiva, a secas y sin añadidos. Ahí se puede contemplar cierta herencia del idealismo alemán, procedente sobre todo de Kant y su concepto de autodeterminación.

    Los individuos no deben ser meros objetos del producto social, sino sujetos que se autodeterminan y autolegislan: se hacen a sí mismos en su inmanente y máxima configuración. Y Marx, en ningún momento, nos fijó en qué dirección se va a autodeterminar el hombre, jamás esbozó una descripción futuróloga de la sociedad comunista.

    Podemos concluir que la religión quedaría definida en Marx como el saber de sí y sentir de sí del individuo que todavía no es sujeto, del individuo determinado y no determinante, del individuo menguado. La revolución es la emancipación y la liberación de nuestra condición de objetos.

    En otro orden de cosas, ¿qué nos quiere decir el pensador de Tréveris cuando habla de “mundo? El mundo es lo opuesto a la naturaleza: historia, cultura, lenguaje, significatividad, elementos simbólicos, forma política. El hombre, concretado por su mundo, es un ser mundano por definición. Somos, pues, el mundo en el que somos.

    La pifia de Feuerbach fue generalizar al hombre, dotarle de una esencia, una antropología, pensar en él en clave naturiforme y no en clave dialéctica, como ser cambiante. Marx va a la raíz: de la crítica a la religión debemos ir y ejercer la crítica de la sociedad. Hay que buscar y criticar la antropología forjada por las relaciones sociales.

    Cambiando de ámbito, en la actualidad parece cobrar relevancia el “fetichismo del sistema”. Se cree que la sociedad, el sistema, lo institucional, lo burocrático, son formas invariables procedentes de la naturaleza humana y que sólo cabe amoldarnos a ellas. Marx declarará, en contraposición, que la realidad es transformable porque es el resultado de la interacción entre los individuos. Lo que realmente somos es un resultado del mundo en el que actuamos. Asimismo, la enorme desproporción entre la precaria capacidad del individuo y los aparatos producidos por el capital nos hacen sentir como marionetas, diminutos y fungibles. De este fenómeno trata el relato “El artista del hambre”, de Kafka.

    En los inicios del siglo XXI apenas tenemos constancia de la religión. ¿Sigue existiendo gente creyente, o ahora creemos y usamos los antidepresivos y caemos en las tendencias narcisistas e individualistas en auge? Lo gracioso del asunto es que legiones y legiones de presuntos “individuos personalizados” gracias al mercado pletórico, son en realidad un conjunto de seguidores de modas estandarizadas y minuciosamente estudiadas, clichés producidos en masa a imagen y semejanza del capital.

    En el capítulo 7 de El Capital, Marx analizó la formación de un “taller mundial total” De este modo, nos revela implícitamente que somos capaces de hacer emerger por la alquimia de nuestras acciones, de nuestra praxis, a nuestro propio golem destructor, a nuestro Frankeinstein.

    La conocidísima frase “La religión es el opio del pueblo” ha sido malinterpretada porque el aludido “opio” no sólo significa “narcótico”, sino también “aquello que alivia el dolor, lo que hace que el sufrimiento sea más soportable”. La religión tiene un carácter opiáceo ya que los creyentes viven como los lotófagos que describió Homero en La Odisea. Tener fe y consuelo en la religión es una experiencia comparable al consumo de loto en el país de los lotófagos: se olvida el pasado y con ello, las aspiraciones personales del futuro, la autorrealización de Ulises y sus compañeros de regresar a Ítaca, su sí mismo. La religión, al igual que el loto, hace correr un velo sobre el periplo emancipador del individuo, lo hace vegetar. Es la memoria la que los mantiene vivos como sujetos activos y, al perderla, se transforman en algo parecido a vegetales: no sufren porque no tienen que remar y olvidan su trabajo de autorrealización.

  18. Paulo José Hernández Plasencia Dice:

    Comentario:

    “Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que, o bien aún no se ha adquirido a sí mismo [adueñado de sí mismo] o se ha vuelto a perder”

    Karl Marx, Introducción de la Contribución a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel [MEW, 1, 378].

    El comienzo de la frase (“Y verdaderamente” [ciertamente]) alude a la aceptación, por parte de Marx, de la crítica de la religión de Feuerbach en líneas generales. Esto es: que la creación de Dios por parte del hombre ha generado todo un mundo de fantasmas, ilusorio, inhumano, lleno de apariencias. El individuo, al proyectarse como un superhombre (divino) en los Cielos, como un ser humano potenciado, sólo consigue autoperderse y abandonar la búsqueda de su verdadera realidad que es, a semejanza suya, material y sensible. La única solución posible para escapar de dicha alienación consiste en asumir como propios los atributos divinos que, en realidad, son característicos de la auténtica realidad humana en su despliegue.

    Y, ¿por qué la religión comprende la autoconciencia y el autosentimiento [dignidad] del hombre? La religión se nos muestra como lo que sabe y siente de sí mismo el hombre perdido o infantilizado que no dispone de un completo desarrollo, de la capacidad de ser un sujeto activo emancipado. Es su “compendio enciclopédico” (lo que conoce de su mundo), su subjetividad sublimada, su realidad en tanto que, como ser dominado y pasivo, incapaz de tomar las riendas de su vida y de la Historia, carece de realidad.

    Sin embargo, aunque el pensador y militante de Tréveris comparte en ciertos rasgos la tesis feuerbachiana, va más allá, ya que “las ideas son el lenguaje de la vida real” y, por tanto, las ideas y doctrinas religiosas son sólo un reflejo de las contradicciones materiales de los individuos corpóreos. Aunque el idealismo admite el cambio y el movimiento, no establece una conexión entre la causa material de determinada construcción superestructural como sí hace, de hecho, el materialismo. Marx, al hablar sobre la religión, no camina por el viejo sendero del materialismo ilustrado (Voltaire, Hobbes, D’Holbach) y pretende superar también las objeciones del materialismo naturalista de Feuerbach porque, aunque correctas, no van a la raíz (no son radicales), no desvelan el origen de la religión como tal, sino que meramente se reducen a un ataque de su objeto: la idea de Dios. Pero, ¿qué condiciones materiales posibilitan la creencia en la idea de Dios y en un mundo inmaterial e ideal? Ni los ilustrados ni los naturalistas nos responderán porque ello supondría dejar en evidencia al culpable que ocultan sin saberlo: el modo de producción capitalista.

    Y quizá conozcamos la razón de su silencio: su concepto esencialista, antropológico, burgués y eterno del hombre y la naturaleza humana. Feuerbach estudia la creencia en la religión cristiana en “La Esencia del Cristianismo” contemplando no al individuo concreto, histórico, configurado en su personalidad y naturaleza interna por un mundo -su mundo- y una sociedad determinada, sino al hombre abstracto, exento de las categorías sociales, un hombre “fuera del mundo” que, a decir verdad, no existe ni puede existir. Así pues, el gran error de la crítica antirreligiosa materialista anterior a Marx se debe a que se tomó a la religión no como una falsa conciencia, como ideología estrechamente vinculada a una sociedad, como un elemento socialmente necesario donde afluye el consuelo, la esperanza, la miseria real que genera la precaria condición material de los individuos corporales vivos. Al fin y al cabo, la religión sería también un subproducto de la praxis humana promovida en el modo de producción capitalista. Como la praxis es análoga al hombre y ésta es, asimismo, productora de la sociedad, incluyendo la religión, cabe afirmar que el hombre mismo crea la religión y se autoengaña, que toda ilusión tiene su origen en la actividad material y social entre los hombres.

    En La Ideología Alemana leemos que “la propia actividad de los hombres crea un poder extraño, que se sitúa frente a ellos, que los somete en lugar de dominarlo ellos”. El hombre, al trabajar y realizar actividad, se realiza a sí mismo. Pero al ser una víctima de la explotación burguesa, los vástagos de su praxis, como los hijos de Poseidón, poseerán una forma monstruosa y, eventualmente, esos peligrosos témpanos superestructurales procedentes del fluido acuoso del trabajo cotidiano pueden trepanar al trabajador o, en el mejor de los casos, mantenerlo en alerta constante. Ese “poder extraño” es “extraño” porque no es propio del individuo, ni es partícipe de su deseada y necesaria autorrealización que lo libere de la coacción en un sentido negativo. Ocurre justo lo contrario: autoenajena, en tanto que los individuos, atrapados e hipnotizados por los efectos activos “alucinógenos” de ese “poder extraño” procedente del capital no transformen su mundo material en un sentido revolucionario, y emprendan todas las praxis emancipatorias concretas que sean necesarias para abandonar la subyugación, para que aflore la subjetividad latente y las pulsiones psíquicas de cada sujeto. Tales pulsiones anímicas, por cierto, son estabuladas, sublimadas y controladas (“despersonalizadas”) de manera cínica a través, entre otras cosas, de la religión en el capitalismo.

    Por otra parte, la expresión “o bien aún no se ha adquirido a sí mismo” es clave para entender el sentido emancipador de la crítica de Marx. Adueñarse de sí mismo es, como hemos reiterado, la transmutación de un sujeto pasivo y explotado a merced de otros hombres, en un sujeto activo con “conciencia de sí”, dignidad, y cuya praxis sea autorrealizativa.

    Finalmente, atisbamos una novedad que introduce Marx: el concepto de “regresión” que no vemos en Hegel, para quien cada conquista de la Conciencia (en el sentido del Idealismo Absoluto) suponía una conquista irreversible. “O se ha vuelto a perder” nos revela el realismo materialista del filósofo de Tréveris, que concede la posibilidad de que haya una reversión o vuelta a la barbarie: no hay conquistas definitivas. Y es que la Historia no se hace a sí misma, pues es un producto conjunto de los individuos corpóreos y de sus relaciones sociales; son los hombres concretos y mundanos, en una constante lucha de clases que, con clamores épicos, atraviesa todas las épocas, los que buscan su liberación en un sentido amplio de toda clase de poder, anhelando tener éxito después de tantos intentos fallidos y tanta emancipación frustrada.

  19. haciaelcapital Dice:

    Eladio Chinea dixit:
    Hay una cosa que me trae a mal traer: ¿qué pasa con los dioses cuando se mueren? ¿se pudren y descomponen o se evaporan sin dejar restos? ¿qué rastros dejan en y fuera de nosotros? ¿cómo es su despedida, larga y cansina o súbita? ¿se van sin que nos demos cuenta o los echamos, de golpe o tratándolos como visitas ingratas, con mensajes cada más evidentes de hastío y malevolencia? ¿notamos un hueco parecido al hambre, un vacío, una estéresis dolorosa, o más bien alivio, descanso, paz?
    ¿QUIÉN O QUÉ OCUPA SU LUGAR?

    • Por muerte súbita desaparecen, de la misma forma que muere y desaparece una falsa hipótesis cuando se descubre la verdad.
      Dejando los rastros de un ethos creado en base a la religión que da la explicación de la existencia de ese Dios. Su despedida es fugaz para quienes conocen la verdad de que no existe un Dios que nos manipule, si no un individuo creador de este Dios en base a su religión justificadora. Sentimos alivio y la responsabilidad del control de nuestras propias vidas, y en una lucha incesante por combatir toda clase de prejuicios que persisten en nuestra mente adquiridas del ethos religioso y en definitiva cultural. Sin Dios no hay vacío, sin Dios me hago dueño de mi conciencia y soy el único responsable de en que camino dirijo mi vida.
      Mi conciencia, mi consciencia y mi responsabilidad ocupan su lugar.

    • Vanessa Dice:

      Hay una cosa que me preocupa. ¿Cómo puede saber el hombre menguado que ya no lo es? Suponemos que cuando el hombre se vuelve hombre consciente está seguro de que lo es, pero ¿cómo discernir si el hombre menguado ha pasado a ser un hombre consciente de sí mismo y no un hombre que cree que lo es?
      Podemos saber que Dios ha muerto, pero ¿cómo estar seguro de que lo hemos matado y punto y no de que lo hemos matado pero sustituído por otro?

    • Tantas preguntas y respuestas que no se por donde empezar. Optare por contestar en orden. Los dioses de por sí por ser dioses no mueren, en todo caso se transforman, toman otra forma, pero nunca llegaran a desaparecer. Cada hombre tiene su propio dios, su propia religión compartida o no por otros. Hay quienes con el tiempo van cambiando de religión ya sea por diversos hechos en su vida o porque encuentra otra en la que se halla. La naturaleza del ser humano tiende a tener fe, a creer en algo ya sea una religión cristiana, musulmana, católica, en el destino, en algo superior, en las leyes de la atracción, en el universo infinito, en el poder de la mente, etc.. bueno llamemos a todo ésto “X´´. Podemos no creer en nada, dejar de lado a ese dios, olvidarnos de el, incluso despreciar esa idea, pero el ser humano es débil, y en momentos de desesperación tiende a refugiarse en esa idea. Por mucho que quiera no creerla y autoconvencerse de su absurdo, acaba recuperando esa fe por unos instantes. Y es que en los momentos de máxima crisis, la desesperación es la primera que llega a nuestros sentidos, y esa “X´´ es la que ayuda a evadirnos de eso.
      Pero realmente ¿debemos preocuparnos por la muerte de los dioses?, hay otras cosas que nos ocupan más ya que el hombre últimamente ha dejado de lado la reflexión y se ha lanzado a la ambición, incluso arrastrando a la mayoría, por eso debemos hacer un ejercicio de autoreflexión, porque está bien debatir los problemas del todo, sobre todo, pero solo una minoría se preocupa y estaría mejor ayudar desde la dialéctica a los demás seres humanos a reflexionar sobre ciertos aspectos y así mejorar el lugar que habitamos. La clave no solo está en pensar, sino en propagar lo pensado, siempre que sea algo coherente. En fin, solo se que no se nada.

  20. haciaelcapital Dice:

    NIETZSCHE:

    El loco.- ¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno día y corrió al mercado gritando sin cesar: “¡Busco a Dios!, ¡Busco a Dios!”. Como precisamente estaban allí reunidos muchos que no creían en dios, sus gritos provocaron enormes risotadas. ¿Es que se te ha perdido?, decía uno. Se ha perdido como un niño pequeño?, decía otro. ¿O se ha escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se habrá embarcado? ¿Habrá emigrado? – así gritaban y reían alborozadamente. El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada. “¿Qué a dónde se ha ido Dios? -exclamó-, os lo voy a decir. Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos su asesino. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hicimos cuando desencadenamos la tierra de su sol? ¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No nos caemos continuamente? ¿Hacia delante, hacia atrás, hacia los lados, hacia todas partes? ¿Acaso hay todavía un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No nos roza el soplo del espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No viene de continuo la noche y cada vez más noche? ¿No tenemos que encender faroles a mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Dios? ¿No nos llega todavía ningún olor de la putrefacción divina? ¡También los dioses se pudren! ¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! ¿Cómo podremos consolarnos, asesinos entre los asesinos? Lo más sagrado y poderoso que poseía hasta ahora el mundo se ha desangrado bajo nuestros cuchillos. ¿Quién nos lavará esa sangre? ¿Con qué agua podremos purificarnos? ¿Qué ritos expiatorios, qué juegos sagrados tendremos que inventar? ¿No es la grandeza de este acto demasiado grande para nosotros? ¿No tendremos que volvernos nosotros mismos dioses para parecer dignos de ella? Nunca hubo un acto tan grande y quien nazca después de nosotros formará parte, por mor de ese acto, de una historia más elevada que todas las historias que hubo nunca hasta ahora”. Aquí, el loco se calló y volvió a mirar a su auditorio: también ellos callaban y lo miraban perplejos. Finalmente, arrojó su farol al suelo, de tal modo que se rompió en pedazos y se apagó. “Vengo demasiado pronto -dijo entonces-, todavía no ha llegado mi tiempo. Este enorme suceso todavía está en camino y no ha llegado hasta los oídos de los hombres. El rayo y el trueno necesitan tiempo, la luz de los astros necesita tiempo, los actos necesitan tiempo, incluso después de realizados, a fin de ser vistos y oídos. Este acto está todavía más lejos de ellos que las más lejanas estrellas y, sin embargo son ellos los que lo han cometido”. Todavía se cuenta que el loco entró aquel mismo día en varias iglesias y entonó en ellas su Requiem aeternam deo. Una vez conducido al exterior e interpelado contestó siempre esta única frase: “¿Pues, qué son ahora ya estas iglesias, más que las tumbas y panteones de Dios?”.

  21. haciaelcapital Dice:

    ODISEA:

    Así que desde allí fuimos arrastrados por fuertes vientos durante nueve días sobre elponto abundante en peces, y al décimo arribamos a la tierra de los Lotófagos, los quecomen flores de alimento. Descendimos a tierra, hicimos provisión de agua y al punto mis compañeros tomaron su comida junto a las veloces naves. Cuando nos habíamos hartado de comida y bebida, yo envié delante a unos compañeros para que fueran a
    indagar qué clase de hombres, de los que se alimentan de trigo, había en esa región; escogí a dos, y como tercer hombre les envié a un heraldo. Y marcharon enseguida y se encontraron con los Lotófagos. Éstos no decidieron matar a nuestros compañeros, sino que les dieron a comer loto, y el que de ellos comía el dulce fruto del loto ya no quería volver a informarnos ni regresar, sino que preferían quedarse allí con los Lotófagos, arrancando loto, y olvidándose del regreso. Pero yo los conduje a la fuerza, aunque lloraban, y en las cóncavas naves los arrastré y até bajo los bancos. Después ordené a mis demás leales compañeros que se apresuraran a embarcar en las rápidas naves, no fuera que alguno comiera del loto y se olvidara del regreso. Y rápidamente embarcaron y se sentaron sobre los bancos, y, sentados en fila, batían el canoso mar con lo s remos.

  22. Paulo José Hernández Plasencia Dice:

    Ante las interesantes cuestiones que nos plantea Eladio Chinea sobre la muerte y las pompas fúnebres de los dioses, me gustaría, antes de contestar en sí, aportar algunos prolegómenos que he redactado después de una breve investigación quirúrgica. Al fin y al cabo, para saber qué ocurre cuando se descompone un inmortal conviene conocer de qué están hechos.

    Análisis anatómico y fisiológico de un dios:

    Supongamos que somos unos anacrónicos científicos helénicos del mundo mitológico homérico, y nuestra tarea presente es la disección de un dios olímpico, nada menos. A la hora de decidir a qué desafortunado inmortal bienaventurado vamos a atar en la camilla de experimentación, no le dí demasiadas vueltas: Ares. Sí, es una inquina de índole personal, ya que nunca me pareció un dios que aportara algo de provecho: sólo es un saco de músculos muy poco reflexivo, a decir verdad. La diosa de ojos de lechuza lo llamó “ese loco voluble y nacido para dañar”.

    Así pues, después de que nuestro amigo Hefesto encadene firmemente al dios de la guerra mientras le sujetan Atenea y Apolo, procederemos a realizar una divina biopsia, le arrancaremos una uña de cuajo al mismísimo Ares. ¿Y qué tenemos? Además de escuchar un grito de dolor suprahumano, notaremos que esa uña no es materia normal, eso desde luego. De hecho, titila de forma alienígena, lejana y fría. Se trata de éter, la materia prima de los astros, incorruptible y no sometida a los efectos degeneradores del tiempo. Todo el cuerpo del dios está compuesto este “fuego celestial”, como comprobamos si practicamos una incisión longitudinal la tráquea hasta el bajo abdomen de Ares. Son órganos que se mueven con extrema armonía y musicalidad, como las esferas cristalinas del Cosmos.

    Y todo impregnado, desde luego, de brillante icor, la sangre de los dioses. Como leemos en el Canto V (339-342) de la Ilíada:

    “Tan pronto como llegó a alcanzarla por entre la multitud, el hijo del magnánimo Tideo, calando la afilada pica, rasguñó la tierna mano de la diosa: la punta atravesó el peplo divino, obra de las mismas Gracias, y rompió la piel de la palma. Brotó la sangre divina, o por mejor decir, el icor; que tal es lo que tienen los bienaventurados dioses, pues no comen pan ni beben el negro vino, y por esto carecen de sangre y son llamados inmortales.”

    De este modo, Afrodita, herida por la lanza de un Diomedes mortal (mortal de condición y mortífero como combatiente) empapa la arena con su dorado icor. Más tarde perforará el costado al mismo Ares, auxiliado y guiado por la mano divina de su protectora, Atenea. Es fabuloso leer la peculiar interpretación, en clave de ciencia ficción, de la novela Ilión de Dans Simmons: presenciamos cómo Atenea sobrecarga a su héroe de potenciadores nanotecnológicos que le conceden la posibilidad de herir a un inmortal.

    Pero, ¿puede morir, realmente, un dios? En caso de herida, ¿se regenera? Es decir: ¿cómo se recuperaría nuestro Ares rajado en canal y con una uña menos de la vejación por intereses mitológico-científicos a la que estamos sometiéndole? La respuesta está en la forma de alimentación de los olímpicos.

    Los dioses, en sus espléndidos banquetes, bebían néctar y comen ambrosía. Según describe el filólogo clásico Javier Negrete en su novela “Señores del Olimpo”, cuando un inmortal está desprovisto de su sustento etéreo empieza a languidecer, a sufrir, a aletargarse. Sin néctar o ambrosía, una divinidad no puede recomponerse o renegerarse; en la Ilíada la ambrosía es además un ungüento curativo y un bálsamo de cadáveres (Tetis la emplea en el cuerpo sin vida de Patroclo). Por otro lado, en el hinduísmo encontramos la amrita, el néctar que hizo inmortales a sus dioses tras beberlo. Entonces, ¿pueden existir dioses mortales? ¿Pudo haber asesinado Diomedes a Ares y a Afrodita? ¿Cómo?

    Cuando en el campo material el Imperio Romano oficializa el culto al Cristianismo, el Dios cristiano, teológico, derrotó progresivamente en el campo de batalla metafísico a los viejos dioses paganos. No es de extrañar que, a partir de la Edad Media, el antiguo “icor” significase “líquido purulento, fétido”. La sangre dorada e imperecedera de los dioses paganos empezaba a descomponerse de manera lenta, pero constante. Sobre algunos templos de las añejas religiones politeístas fracasadas, monumentos funerarios de Zeus, Poseidón, Ártemis, Júpiter, Neptuno, Diana, se levantaron iglesias en señal de triunfo.

    ¿Pero podemos considerar a los dioses paganos semejantes al Dios cristiano? Gustavo Bueno establece una gran diferencia entre los primeros, que denomina “ónticos” y el segundo, el teológico, teorizado por Aristóteles. La inexistencia de los dioses ónticos es fácil de demostrar: basta con ir al Monte Olimpo para descartarla, ya que son divinidades empíricas. En cambio, el Dios teológico es irreductiblemente de orden filosófico, abstracto y, por consiguiente, su agonía, estertores mortuorios, proceso de descomposición y convenciones funerarias serán diametralmente distintas. ¿Podríamos decir que de proporciones más catastróficas e inconcebibles? Nietzsche parece sugerir que sí.

    Hecha esta introducción, luego intentaré bosquejar una respuesta y volveré necesariamente sobre algunos de estos puntos.

  23. Pedro José Darias Perdomo Dice:

    “Y verdaderamente la religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que, o bien aún no se ha adquirido a sí mismo o se ha vuelto a perder”

    La religión que se ha creado nos hace ver un mundo de irrealidades, falsas ilusiones. ¿Pero verdaderamente el hombre se ha vuelto a perder si acude desesperado a buscar una respuesta cuando la sociedad se derrumba a su alrededor? La religión proporciona cierto orden al caos moral con el que llegamos y acudimos en auxilio a ella. No hay que olvidar que la religión, sea cual sea, es distintivo de unas culturas y otras, y las culturas no habrían sido lo mismo sin la presencia de todo el misticismo religioso. Y no fue totalmente ineficaz. Con sus luces y sus sombras. Dio paz y desterró el temor de los seres humanos y a su vez añadió otros, en forma de lecciones morales, de justo castigo si te desviabas del camino; fue y cruel y despiadada en ocasiones.
    Cuando las cosas empiezan a marchar mejor; avances culturales en la sociedad al margen de la religión nos separamos de ella, nos independizamos. Nuestra mente se abre. Ya no nos satisface las respuestas que la religión nos da.
    Y sin embargo el vacío espiritual vuelve y se hace necesario acudir nuevamente cuando es precisamente que las sociedades decaen, cuando hay más decadencia intelectual, cuando la crisis absoluta y el estancamiento de los sistemas sociales, sean cuales sean, imperan y ya no son suficientes.
    Mi respuesta por tanto es que se trata precisamente de ese decaimiento de la sociedad desde una época de auge. Es un momento de crepúsculo en la sociedad. Acudimos a la iglesia antes de que anochezca, para bien o para mal. ¿Es una regresión? Es posible. Pero para mi es un proceso natural al que tiende un ser humano, y es que lleva en si la religión, sea la que sea, desde la noche de los tiempos. Y muchos no creen pero necesitan hacerlo en algún momento; y hoy en día, a pesar de nuestros esfuerzos, a veces vivimos con temor a Él. Es de humanos preguntarnos si no nos hemos equivocado cuando las cosas salen mal, o incluso en un arrebato dirigimos nuestra ira al cielo por algún suceso nefasto; aún cuando no creamos.
    Quizás no sea perder el camino, sino dar un paso atrás para volver a empezar.

  24. Examinando con lupa, por enésima vez, el por qué Dios existe para la sociedad “menguada”, llegamos a la conclusión de que es fruto del propio autosentimiento y autoconsciencia del hombre, hablando en Gomero: La religión como consuelo del hombre menguado, jodido y a la vez un sentir sin fuerza constitutiva.
    Y bien si nos remitimos a esa problemática. Partiendo de conceptos éticos, es el hombre quien necesita una justificación para condenar ciertos actos reprobables. Entonces la religión vendría a ser la base en la que se sostiene la moral, todo acto vandálico será juzgado por la sociedad y castigado por Dios.
    A raíz de lo mencionado me pregunto, si quitamos la religión, si quitamos a Dios, ¿Qué es de la sociedad que con el tiempo abre los ojos y decide exterminar ese consuelo tan efímero y repetitivo? Ya que así de repente no se puede cambiar el pensamiento de toda una sociedad. Hace falta un razonamiento bastante complicado para llegar a dicha conclusión.

    Si un Dios se ve amenazado a muerte, su creador toma represalias. El sistema como “Divina Providencia” cambia el guión. Muere Dios, nace otro. Creador y “Divina Providencia” contentos.

    PD: Eladio me explicas “el “quiliasmo” de Marx es la idea de una forma de socialización no-coactiva. ¿Es pensable esa idea como algo más que una mera figura del pensamiento?”
    Gracias…

  25. Diana Dice:

    Seres humanos a los que su consciencia y sus sentimientos son : utilizados por “alguien, algo superior”dice el texto que son hombres que se han vuelto a perder, si esto es así, en algún momento tuvieron que saber donde estaban, ¿que pasa entonces? de dónde o de quién se perdieron? de ese “algo superior” o de sí mismos. ¿En realidad fueron libres alguna vez? o siempre estuvieron dominados por lo que se cree o se debe hacer y se considera lo correcto. Que es realidad lo correcto lo que la sociedad o un ente superior (digase religión) establece que es lo correcto. O por el contrario, la libertad en su amplio sentido de la palabra. de que se perdieron? Esto me recuerda un proverbio Budista que dice, si ves a un hombre pasando hambre, no le des un pez para saciar hoy su necesidad, enséñale a pescar y comerá toda su vida. Este hombre no ha estado perdido nunca, solamente ha estado subyugado a unas creencias que le han hecho ser preso de su propia conciencia y sentimientos. Le han enseñado a no pensar por si mismo, sino a actuar en base a unos preceptos, con los cuales se ha comvertido en un ser lleno de miedo, culpa, escrúpulos sin sentido, en fin no conduce su vida a ningún sitio, entonces no se ha adquirido a si mismo y por lo tanto, no es dueño de su verdadero yo.

  26. Paulo José Hernández Plasencia Dice:

    Quiénes y cómo asesinaron al Altísimo:

    Benito Espinosa (Baruch Spinoza) y Hegel, implícita y explícitamente, fueron los primeros en diagnosticar el fallecimiento del Dios teológico que había constituido el Alfa y el Omega hasta hacía poco tiempo. El judío holandés y pulidor de lentes diluyó la Teología en la Naturaleza y el influyente filósofo alemán la disolvió, más tarde, en el desarrollo del teatro histórico humano. Así, al extender al Todopoderoso en todas las direcciones, acabó estallando como una pompa de jabón; si la Teología estaba en todas partes y era todas las cosas por igual, significaba que se había convertido en “nada” y dejaba de tener sentido tanto ella como su objeto de estudio. Los antecedentes de esta aniquilación de “lo más sacro” datan de los inicios de la Modernidad: la Reforma luterana eliminó los intermediarios objetivos del catolicismo y propugnó una interiorización de la divinidad. La Gracia del Espíritu soplaba directamente en el pueblo (Volkgeist) y, concretamente, en los individuos corpóreos que debían alfabetizarse para interpretar subjetivamente el Verbo y alcanzar la Salvación por la exclusividad de su fe y providencial destino.

    Cuando Nietzsche asevera que “nosotros” hemos matado a Dios, acierta y se equivoca. Leamos estas líneas de El Manifiesto Comunista, dotadas de una potencia motriz impresionante, para entender el “Requiem Aeternam Deo” del hombre loco de manera óptima desde unas coordenadas materialistas:

    “Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus “superiores naturales” las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel “pago al contado”. Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades escrituradas y adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio. En una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha establecido una explotación abierta, descarada, directa y brutal.

    La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados.”

    A pesar de lo que Ayn Rand y la cohorte de demoliberales despotriquen de las ideas de Marx y Engels sin haberlos leído, el párrafo de arriba no es un elogio del Antiguo Régimen o una muestra evidente de que Marx era “profeudal” o un nostálgico de los gremios como ciertos socialistas utópicos franceses, sino que, realmente, se puede contemplar un grandioso panegírico dedicado a la burguesía en tanto que clase que ejerció un protagonismo revolucionario tiempo atrás y que, para decirlo en términos hegelianos, aunque sigue siendo real y contingente, ya no es necesaria (y, por consiguiente, se ha vuelto reaccionaria y “desfasada”). Las relaciones sociales pobres, aisladas y locales del feudalismo eclosionaron, capitalismo mediante, evolucionando hasta representar un enorme caudal de actividad colectiva e interconectada de gigantescas capacidades, como jamás se había visto en la Tierra. El Capital derriba tronos y altares en su proceso continuo de mundialización, recurrencia y búsqueda de inéditos mercados y en esa dialéctica infinita, que toma vitalidad en el siglo XVIII y llega a su culmen en el XIX, apuñala indiferentemente a Dios. La religión abandona su caduco papel de santísima e indiscutible legitimadora del feudalismo para ahorrarle a Napoleón gendarmes (ancilla Imperii) y volver somnolientos a los consumidores, que son los lotófagos y prozácfagos contemporáneos.

    El inmenso y racionalmente inabarcable cadáver de Dios se pudre lentamente, pues, a la intemperie y sobre su blanqueada osamenta se eleva nuestra acaudalada sociedad capitalista. Así como el peso de las generaciones muertas atenazan el cerebro de los vivos, los residuos radioactivos (cuya unidad métrica podríamos llamar “teotrones”) de la abstracción fenecida ascienden como el vapor infernal que se consideró el causante de la Peste Negra en la Baja Edad Media. Y producen alucinaciones. Del cuerpo descompuesto, brotan setas psicoactivas, setas del nihilismo, soma de Huxley, el paraíso soñado de Antonio Escohotado. El Gran Chernóbil divino, el Dios teológico muerto, ha derivado en una serie de irracionalidades (en el sentido de Lukács) peligrosas que nos asedian en la actualidad.

    Qué ha sustituido a lo insustituible:

    “Lo importante no es Dios, que no existe, sino la Iglesia Católica”. Gustavo Bueno ha considerado que la institución forjada en torno al Dios católico ha mantenido durante siglos numerosos delirios gnósticos a raya y que, por tanto, Dios ha salvado a la razón. Parafraseando a Chesterton, si dejamos de creer en Dios, corremos el riesgo de creer en cualquier cosa (¡y hay cosas sumamente peores!). Un crítico español del subjetivismo racional de la Revolución Francesa escribió:

    “El pretender que del yo subjetivo surja la verdad, es comenzar por suponer al yo un ser absoluto, infinito, origen de todas las verdades, y razón de todos los seres: lo que equivale a comenzar la filosofía divinizando el entendimiento del hombre. Y como a esta divinización no tiene mas derecho un individuo que otro, el admitirla equivale a establecer el panteísmo racional, que como veremos en su lugar, dista poco o nada del panteísmo absoluto”. Filosofía Fundamental. Jaime Balmes.

    Esto es: que las verdades no podían ser segregadas como excrecencias naturales del Ego, limitado, sino que eran y son objetivas y externas. Balmes habla, obviamente, desde la apologética de la tradición dogmática católica medieval y entiende que la comprensión de los dogmas fundamentales (como el de la Eucaristía o Transustanciación , distinción frente al luteranismo) es únicamente posible a través de mediación intersubjetiva, pública e institucional, y nunca meramente individual. Así pues, muerta esa objetividad, ¿qué nos queda desde la modernidad?

    Sólo sujetos muy excepcionales y excéntricos, como el del anuncio de Acuarius, se atreverían a levantar una catedral en el siglo XXI, el siglo de la ideología (“falsa conciencia”) de la desideologización y el apoliticismo militante. Asistimos a un mundo engullido por el individualismo solipsista y narcisista, la mundanización y simplificación de la cultura, transfigurada en cultura-pop, el cientifismo punsetiano* que no reconoce las antinomias de Kant, la mercantilización desmedida de las relaciones sociales como valor de cambio (Erich Fromm), la prostitución y el fordismo aplicados al amor y los afectos. El mercado iguala esas cuasicosas fijadas en el contexto histórico denominadas mercancías: con diez euros puedo comprar un libro de bolsillo o contratar los servicios de una prostituta barata. No crea necesarias barreras inconmensurables entre las cosas (su intransferible valor de uso) sino que, de hecho, las resquebraja.

    Los ideólogos del capital arguyen que si los aranceles impiden el flujo internacional de mercancías, serán los tanques quienes crucen las fronteras. Esa perspectiva es errónea porque ignora la expansión imperialista y recurrente del capital. Realmente, son los tanques los que allanan el paso al séquito del mercado del mismo modo que Darío III Codomano aplanó sistemáticamente la llanura de Gaugamela para lanzar, sin problemas, sus carros falcados contra Alejandro. Como leemos en el discurso de las armas y las letras de Don Quijote, son las armas las que abren camino y permiten que las letras (sistemas jurídicos, religiosos, políticos…) y el montaje superestructural puedan desplegarse.

    Y el mercado siempre va de la mano de sus mitologías anexas y vástagas. Aunque no hablamos de mitos al modo platónico (luminosos, clarificadores) ni aristotélico (“un mito es una mentira que dice una verdad”) sino de mitos asépticos propagados por tecnócratas posmodernos. Un ejemplo lo encontramos en la figura de Leo Strauss, una de las cabezas fundadoras del neoconservadurismo. Strauss admitió la necesidad de la mentira política para mantener el orden social entre la plebe. Sin embargo, la élite gobernante y depredadora estaría compuesta de “filósofos” amorales y ateos que fabrican una mitología (la nación, la religión) que descreen. Algo parecido sucedió con el nazismo, según desvelaron las conversaciones de H. Rauschning con Hitler. Sabemos que el dictador sanguinario no creía íntimamente en su propia doctrina y que la usó de manera instrumental para conseguir fines políticos:

    “La nación es una expresión política de la democracia y el liberalismo. Tenemos que desembarazarnos de esta falta construcción y sustituirla por la concepción de raza, que aún no está desgastada políticamente…Yo sé perfectamente…que, científicamente hablando, no existe tal cosa…Lo que ocurre es que, como político, necesito una idea que permita acabar con los fundamentos históricos anteriores, para implantar en vez de ellos un orden antihistórico completamente nuevo y dar a este orden una base intelectual.” “Con la ayuda de la idea de raza, podrá el nacionalismo llevar a cabo su revolución y volver del revés el mundo” (The voice of Destruction, H. Rauschning, citado en “El asalto a la razón” de Lukács).

    La cúpula dirigente nazi** no sólo no creía en los postulados centrales del nacionalsocialismo, sino que hasta los modificaban a conveniencia para que concordaran con los nuevos vaivenes políticos. Mussolini mencionó en uno de sus discursos que el fascismo “era un mito” y que daba lo mismo que fuera cierto o no. Lo importante era “la pasión, el sentimiento”, la manipulación a nivel industrial.

    Desde el siglo XX, los mitos se convirtieron en mentiras que dicen mentiras, en mentiras funcionales, prefabricadas (y no fruto de la memoria y creatividad de sucesivas generaciones, del olvido y el azar), mentiras precocinadas, como pizzas que sólo necesitamos meter en el horno de la sociedad, propaganda mediante, para que estén listas y calientes, injertadas en nuestras sinapsis bioquímicas. Y estamos rodeados de “poetas” en el sentido reflejado por Platón en su República, esos poetas, que monopolizaban un sistema educativo de raigambre oral según Havelock, eran mentirosos porque participaban en una doble imitación. Aristóteles apunta en su Metafísica a que “los poetas mienten mucho”. Nuestros inefables poetas son la farándula política, las sombras chinescas de la caverna mediática de la que no podemos escapar.

    Ante esa apabullante y trituradora perspectiva, muchos individuos adoptan el individualismo a lo Stirner, ensimismados en su mismidad, como única alternativa de escape. Convertidos en “individuos flotantes” son como el Motor Inmóvil de Aristóteles, el Noesis Noeseos, y meditan sobre su propio pensamiento olvidando lo que acontece fuera de su naturaleza interna.

    La gran fábrica de personalidades estándar:

    “Si estás atrapado en el sueño de otro, estás perdido.” Deleuze.

    Las modas son muy populares y algunos sujetos corpóreos alienados se sienten empujados hacia ellas, se convierten literalmente en ellas para saciar sus apetitos metafísicos. Se trata de los rockeros, los raperos, los heavys, los emos, los góticos, los hippies y demás. Todo miembro de una tribu urbana se cree único y diferenciado del resto de grupos por un kit preconfigurado de cosmovisiones (góticos: “la vida es tragedia, la muerte es lo único verdadero”, al estilo de Cioran) y un amplio surtido de complementos, adquiribles en tiendas especializadas por sumas monetarias sospechosamente altas. Ser “algo”, tener “identidad”, hace sangrar al bolsillo.

    Es de interés observar qué sucede en cuanto a las relaciones sociales en esos grupos. Uno tendería a pensar que en una comuna hippie o una casa “okupada” por punkis sus miembros se mueven con total libertad y, como diría un seguidor de Hayek o Von Mises, son capaces de optimizar su soberana utilidad marginal. Pero los lazos autoritarios de estos grupos y sus esnobismos son tan grandes como los de una reunión de gentlemen británicos. Las desviaciones son reprimidas e incluso castigadas por el grupo de manera despótica: si alguien se aleja de la estética común o de la ideología que impregna su cerebro, se verá desplazado o incluso expulsado de la célula social. Una comuna de hippies veganos se horrorizará si uno de sus miembros comienza a comer carne, y lo tacharán inmediatamente de “especista” y asesino.

    La simbiosis entre el capital y lo zen:

    Como señala Slavoj Zizek, los residuos radioactivos que restan del cristianismo son inútiles para el capitalismo actual ya que:

    “En un momento en el que la tecnología y el capitalismo “europeos” triunfan a escala planetaria, la herencia judeo-cristiana, como “superestructura ideológica,” parece amenazada por el asalto del pensamiento “asiático” de corte Nueva Era. El taoísmo posee todas las bazas para volverse la ideología hegemónica del capitalismo mundial. Una suerte de “budismo occidental” se presenta ahora como remedio contra las tensiones de la dinámica capitalista. Ello permitiría que nos desengancháramos y conserváramos la paz y la serenidad interior, y funcionaría como un complemento ideológico perfecto [del capitalismo].” Capitalistas sí…pero zen. Slavoj Zizek.
    Dicho budismo pop, que aparece plasmado por los jedis de la saga Star Wars, se basa en la falta de apego por las cosas. Zizek diferencia entre la concepción budista y cristiana de la existencia.
    “La posición budista es, en síntesis, de indiferencia -un estado en el cual todas las pasiones están reprimidas-, mientras que el amor cristiano es una pasión dirigida a introducir una jerarquía en el orden de relación entre los seres.” Íbid.

    La indiferencia budista, por tanto, es indispensable para sobrevivir en este entramado de finanzas internacionales porque:
    “Desde el punto de vista budista, la exuberancia de la riqueza financiera mundial es ilusoria, apartada de la realidad objetiva: el sufrimiento humano engendrado por las transacciones realizadas en las cámaras mercantiles y consejos administrativos, invisibles para la mayoría de nosotros. ¿Qué mejor prueba del carácter insustancial de la realidad que una gigantesca fortuna que puede reducirse a nada en pocas horas? ¿Por qué lamentar que las especulaciones sobre los mercados están “apartadas de las realidades objetivas” cuando el principio fundamental de la ontología budista enuncia que no hay “realidad objetiva”?
    ¿Qué mejor prueba del carácter no sustancial de la realidad, que una gigantesca fortuna que puede ser reducida a la nada en pocas horas?” Íbid.

    *No olvidemos que Punset invitó al charlatán y doblador de cucharas Uri Geller a su programa de “divulgación científica”.

    **Su exponente más demagógico y cínico fue Rosenberg y su libro “El mito del siglo XX”.

  27. haciaelcapital Dice:

    CIRO:
    1-Está claro que Paulo José merece uno de los premios prometidos, y que podemos pedirle que siga con la serie¡

    2- Vanessa plantea una cuestión esencial cuando escribe más arriba:

    “Hay una cosa que me preocupa. ¿Cómo puede saber el hombre menguado que ya no lo es? Suponemos que cuando el hombre se vuelve hombre consciente está seguro de que lo es, pero ¿cómo discernir si el hombre menguado ha pasado a ser un hombre consciente de sí mismo y no un hombre que cree que lo es?
    Podemos saber que Dios ha muerto, pero ¿cómo estar seguro de que lo hemos matado y punto y no de que lo hemos matado pero sustituído por otro?”

    Esa es, en efecto, la cuestión clave del pensar crítico -de la Ilustración, así, en sentido enfático-. El joven Heidegger dijo una vez que la tarea de la hermenéutica era recorrer a la inversa la autoenajenación con la que es golpeado en cada caso el dasein. ¿Se puede culminar esa tarea? Más tarde nos convenció de que es imposible saber cuando somos auténticos o nos mantenemos caídos, arruinados en el “se”. Adorno volvió una y otra vez al tema de la posibidad de disolver la “estructura de enceguecimiento” (Verblendungszusammenhang) en que se ha convertido la vida individual en el capitalismo tardío…Parece como si entre el ideal de una comsciencia intacta y nuestra pobre vida de sueños menguados se hubiera abierto un abismo sobre el que ninguna experiencia insinúa puentes…

    Dejo aquí el siguiente fragmento de Kafka (la traducción es mía). ¿Se ha escrito algo alguna vez que diga más -y más enigmáticamente- sobre el tema que nos acosa?

    EL SILENCIO DE LAS SIRENAS
    Franz Kafka

    Prueba de que medios precarios, infantiles, pueden servir para la salvación:

    Odiseo se taponó los oídos con cera y se hizo atar al mástil para librarse de las sirenas. Algo parecido pudieron haber hecho desde siempre todos los viajeros, con excepción de aquellos a los que las sirenas tentaban ya desde la distancia, pero en todo el orbe era sabido que era imposible que esos medios pudieran ayudar. El canto de las sirenas prevalece por encima de todo, y la pasión de los seducidos por él hubiera superado a algo más que cadenas y mástiles. En esto no pensó Odiseo, a pesar de que quizás había oído hablar de ello. Confiaba ciegamente en el puñado de cera y las cadenas, y navegó frente a las sirenas con inocente alegría respecto a esos pobres medios.

    Pero las sirenas tienen un arma aún más terrible que su canto: su silencio. Aunque jamás ha ocurrido, tal vez sería pensable que alguien pudiera salvarse de su canto: no ciertamente de su silencio. Nada terrenal sería capaz de soportar la arrogancia que arrastraría consigo el que sintiera haber vencido a las sirenas con sus propias fuerzas.

    Y, de hecho, las poderosas cantantes no cantaron cuando Odiseo pasó ante ellas, ya sea porque creyeron que ese enemigo sólo era vencible por medio del silencio, ya sea porque la visión de la dicha en la cara de Odiseo, que sólo pensaba en cera y cadenas, les hizo olvidar toda canción.

    Pero Odiseo, por expresarlo así, no oyó su silencio; creyó que cantaban y que él estaba realmente preservado de escucharlas. Entrevió primero los giros de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos; y creyó que todo esto formaba parte de las arias que inaudiblemente sonaban en su entorno. Todo quedó rápidamente detrás de su mirada dirigida hacia la lejanía, las sirenas desaparecieron ante su resolución, y, precisamente cuando más cerca las tenía, no supo ya más de ellas.

    Las sirenas, sin embargo, más bellas que nunca, se tendieron y se volvieron, dejaron que su espantoso pelo fuera mecido por el viento y extendieron libremente sus garras sobre las rocas. Ya no quisieron seducir más, sólo atrapar, tanto como fuera posible, el brillo de los grandes ojos de Odiseo.

    De haber tenido consciencia, las sirenas habrían sido aniquiladas en aquella ocasión. Sin embargo permanecieron y sólo Odiseo ha escapado de ellas.

    Se ha transmitido aún un añadido al respecto. Odiseo, se dice, fue tan astuto, un zorro de tal calibre, que ni siquiera la diosa del destino pudo penetrar en su interior. Aunque esto sea inconcebible para el entendimiento humano, quizás advirtió realmente que las sirenas callan y el simulacro de cera y cadenas con que se enfrentó a dioses y sirenas era de alguna manera sólo un escudo.

  28. Steven Galvis Muñoz Dice:

    Se nos ha invitado a reflexionar acerca de dos cuestiones ¿qué pasa con los dioses cuando mueren? Y ¿quién o qué ocupan su lugar? Tentados e inspirados por uno de los fragmentos citados anteriormente, intentaremos abordar el problema desde un punto de vista nietzscheano al tiempo que centraremos nuestra mirada en la primera cuestión (debido en parte a que en la segunda ya profundizó de manera brillante y exhaustiva Paulo).

    Cuando Nietzsche escribe que «hemos matado a Dios», se refiere evidentemente a la muerte del pensamiento platónico que durante tanto tiempo ha dominado Occidente —o que acaso sigue dominando. Un pensamiento que ha llegado hasta nosotros de la mano de la tradición judeo-cristiana, pero que va mucho más lejos de la simple concepción religiosa: atañe a la moral reinante, al pensamiento y lenguaje metafísico, y a otras tantas cosas (ejemplo: nuestra manera tosca de ver el mundo deriva de nuestra particular lengua plagada de conceptos ontológicos y metafísicos). Debemos entender, por tanto, la «muerte de Dios» como la muerte —el fin, la conclusión o, si lo prefieren, el ocaso— de ese pensamiento platónico y con ello del fenómeno cultural llamado Dios. Pero ante todo —y creo que es lo más importante para Nietzsche— todo esto supone la muerte del miedo y resentimiento que ha tenido el hombre al aspecto de devenir de su realidad, y que lo han llevado a estribos tales como negar su propia naturaleza.

    Ante esa «muerte de Dios» nos preguntamos ¿qué queda? ¿qué pasa después? Ciertamente debería quedar hombre y vida, hombre emancipado de ídolos que vive su vida propia, debería quedar un hombre capaz de ir a buscar —crear— su «bien» y su «mal» dentro de sí y con ello dejarse de encontrar siempre con «el duende que dice “bueno para todos” y “malo para todos”». Eso no es más que un «debería», un condicional. Sabemos todos —incluido Nietzsche— que la realidad no es como debería ser, sino como es. Por tanto, a la «muerte de Dios» lo que queda no es ausencia de Dios y presencia reforzada del hombre —como cabria esperar— sino que —aquí viene lo importante— queda resaca de Dios, de religión, de platonismo, de bajeza, de formula menguante, y por consiguiente, de hombre menguado.

    Bien podemos apreciar esto en el loco del fragmento de Nietzsche, cuando dice que «ha venido demasiado pronto», o incluso, en aquel profeta Zaratustra (que a falta de inteligencia se le dio por ser muy sabio) cuando al reírse el gentío de él tras haberles anunciado la llegada del nuevo hombre, exclama dolorido: «yo no soy la boca para estos oídos». Pueden haber pasado siglos desde que los viejos dioses se han desinflado de es «fuego celestial» que los sustentaban, es decir, de la vana fe del hombre, y aún seguimos oliendo su presencia, aún perduran sus siluetas y sombras aunque ya se hayan marchado, aún hay sombra y aroma de dioses en el hombre, aún.

    Que esa sombra se haya deformado y ya no sea simétrica a la estatua, poco importa. Tampoco que esa sombra ya no se llame Jehová y que su casa no sea la Iglesia, pues los tiempos la han camuflado y escondido en lugares más sutiles. Esa sombra bien puede llamarse televisión o consumo, da igual, porque al fin y al cabo está presente la esencia corrompedora que niega la vida y el devenir (el sujeto niega su vida cuando presencia pasivamente la vida de otro, o cuando quiere vivir —compra— la vida ajena) Lo que realmente nos debe inquietar es cómo podernos quitar esa resaca de religión y negación de lo real. La sombra de Dios se esconde en las formas más inesperadas y aunque no actúe y hable como actuaba y hablaba Dios, nos somete con la misma virulencia. Ante todo este planteamiento, y esencialmente ante la cuestión de qué pasa a la muerte de un dios, Nietzsche escribe en La Gaya ciencia:

    «Después de que Buda murió, se expuso su sombra durante siglos en una caverna, una sombra formidable y terrible. Dios ha muerto, pero la especie humana está hecha de tal manera que quizá seguirá durante milenios en cavernas en cuyo fondo se expondrá su sombra. ¡Y a nosotros nos hace falta vencer su sombra!».

  29. En clase Ciro dijo:
    “No es la naturaleza humana la que da lugar a la religión, el hombre por naturaleza no la ha creado, es un estado de potencialidad del hombre menguado el que la ha creado. El hombre menguado es el producto de una determinada circunstancia. Entonces vamos a criticar la circunstancia del hombre menguado, porque entonces la critica a la religión se queda corta.
    Hay que recuestionarnos que es el hombre menguado, darnos cuenta que no es naturaleza, sino resultado de una configuración determinada de la sociedad y la historia.”

    No estoy de acuerdo con esto, creo que es propio de la naturaleza humana lo religioso. El hombre desde siempre se inclina hacia lo religioso. Necesita creer!!
    El hecho religioso en la historia de la humanidad:
    El hecho religioso es una parte de la historia humana. En todas sus etapas encontramos indicios suficientes para afirmar con fundamento la actividad religiosa de los hombres que las han protagonizado. Los historiadores de la religión han renunciado hace mucho a indagar los orígenes empíricos de la religión, es decir, a descubrir el momento en que la humanidad comenzó a ser religiosa, convencidos de que donde existen indicios de vida humana, existen indicios de actividad religiosa. Por eso, todas las historias de las religiones dedican su primer capítulo a descifrar los signos de vida religiosa que nos han dejado las épocas más remotas de la prehistoria. Ya en el paleolítico, las pinturas rupestres, las estatuillas femeninas, los restos funerarios indican claramente la preocupación del hombre junto a las actividades que le imponía la lucha por la pervivencia, de unas acciones rituales encaminadas a establecer “relaciones eficaces con la fuente de toda bondad y beneficencia”. También la vida del hombre llamado primitivo por pertenecer a comunidades preliterarias está llena de signos de actividad religiosa que la moderna ciencia de las religiones, a partir sobre todo del siglo pasado, nos ha dado a conocer con profusión de detalles. Estos signos son distintos según se trate de poblaciones recolectoras o cazadoras, nómadas o sedentarias. Pero en todas ellas aparece una actividad, diferente de la actividad ordinaria y mezclada generalmente con elementos animistas, fetichistas o mágicos, que contienen muchos elementos de lo que hoy denominamos actividad religiosa.

    • haciaelcapital Dice:

      Ciro: Hey, Isaac. Dejo aquí, como secundario, el problema de la consciencia religiosa. Lo primario: la cuestión de lo que somos. Y -para Marx- no somos “naturaleza”, no hay una naturaleza humana entendida como un ser-abstracto, idéntico a sí mismo e invariable. En las tesis sobre Feuerbach encuentras una exposición en resumée de ese punto de vista. Entonces, desde los supuestos del giro hacia la concepción práctica, lo religioso, las formas religiosas, la consciencia religiosa, se abren como fenómenos que analiza el estudio histórico-social de las sociedades humanas. (Esa es, me parece, una forma muy esquemática de indicar lo que Marx piensa -lo que yo pienso no es aquí temático)

  30. haciaelcapital Dice:

    Ciro: Corregí -gracias a Natalia por la indicación¡- un error calamitoso en mi traducción. Yo había puesto “La miseria religiosa es la miseria real y la protesta contra ella en uno”. Ahora pone -mucho más fiel al original y también, creo, a lo pensado- : “La miseria religiosa es, por una parte, la expresión de la miseria real y, a la vez, la protesta contra ella”.
    Ya que estamos en un viaje tan teológico, me permito una nueva binaventuranza: Bienaventurados sean los profesores que tienen alumnos capaces de corregirlos. Salud¡

  31. Steven Galvis Muñoz Dice:

    Cuanto estuvimos leyendo el último día de clase el poema «De profundis» de Georg Trakl recordé un poema de Blas de Otero que viene a seguir la misma temática: la desolación del hombre ante el silencio de Dios. Por ello quisiera reproducirlo aquí:

    HOMBRE

    Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
    al borde del abismo, estoy clamando
    a Dios. Y su silencio, retumbando,
    ahoga mi voz en el vacío inerte.

    Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
    despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
    oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
    solo. Arañando sombras para verte.

    Alzo la mano, y tú me la cercenas.
    Abro los ojos: me los sajas vivos.
    Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

    Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
    Ser —y no ser— eternos, fugitivos.
    ¡Ángel con grandes alas de cadenas!

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