CRISIS Y CAPITAL EN MARX

 

Ciro Mesa Moreno

“Wir brauchen keinen Hurrikan 

Wir brauchen keinen Taifun

 Was der an Schrecken tuen kann 

Das können wir selber tun”

 (B. Brecht y K. Weill)

 

La modernidad no es una época de desmitologización. No para Marx. Sus textos muestran la sociedad comandada por el capital como una maquinaria de producir espejismos, alucinógena en un sentido literal. Las crisis, un momento necesario de su desarrollo, destruyen la apariencia de racionalidad. Ellas, según Marx, hacen salir a la luz “las contradicciones de la economía burguesa” (26.2, 535)[i]. Las crisis desmoronan la falsa expectativa de estabilidad, pero ocasionan también nuevas formas de embrujo[ii], por ejemplo, aceptar como un destino inevitable su naturalidad o achacar a un desarreglo parcial el desastre en el todo, cuando es precisamente el todo de la socialización capitalista el desastre. Contra esto, el pensamiento marxiano muestra la necesidad del vínculo entre socialización capitalista y crisis. Enseña que el desarrollo de la sociedad capitalista tiene que transcurrir a través de crisis, destrucción y catástrofes. Y que la eliminación de las crisis dependerá de la superación del capitalismo.  

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-I-

 

   Marx pensaba que la ciencia económica burguesa no puede sino soslayar el problema de la crisis, hasta el punto de elaborarlo como un enigma irresoluble o traducirlo a unos términos que inducen al olvido de su dimensión estructural. Plantearlo sin encubrimiento implica cuestionar la sociedad capitalista en su contradictoriedad constitutiva, esto es, como una forma transitoria, no absoluta -y finalmente absurda- de organizar la producción social. La “crítica de la economía política”, en cambio, puesto que su horizonte es la transformación radical de esa sociedad, no sólo puede preguntar por la crisis, sino que, en algún sentido, se constituye toda ella como un desarrollo de esa pregunta. Ciertamente, Marx no llegó a elaborar la teoría -tantas veces prometida y postergada- de la crisis económica[iii]. Sin embargo, los desarrollos de las formas “dinero”, “mercancía”, “valor” y “capital”, conducen una y otra vez a ese fenómeno.  Sus estudios de madurez tratan de fijar qué condiciones de la sociedad burguesa ocasionan las crisis que periódicamente la asolan, acontecimientos que constituyen para él una de sus determinaciones fundamentales[iv].

    La explicación marxiana de la crisis parte del análisis de la peculiar socialización a través del valor que caracteriza a la sociedad capitalista. El valor no debe pensarse como una cosa ni como un atributo de las cosas, sino que constituye una relación social. Valor se da en un proceso que consiste en un movimiento constante de autoprocesamiento. Valor se autovaloriza en la forma de aumento cuantitativo de sí mismo: “plusvalor”. Al realizar ese proceso adopta la forma “capital”. Y la valorización carece de límites o metas externas al aumento mismo del valor. A través de un movimiento que, como escribe Marx, “no tiene medida” (23, 167), la organización de la producción social capitalista  se orienta enteramente hacia el objetivo del plusvalor, que sólo puede resultar del movimiento constantemente renovado del capital. Así pues, nos encontramos con una forma de mediación social regida por un proceso de generación de plusvalía, no sólo ilimitado, sino que tiene que saltar permanentemente sobre todo límite.

   Marx caracterizó al valor valorizante con la impresionante metáfora “sujeto automático” (23, 169). Con esto indica que el sujeto real del proceso social, de la producción y el intercambio capitalista, no es la acción consciente de los productores ni, en general, de los individuos, sino la valorización. Que el proceso social hemos de pensarlo, no desde los conceptos de conciencia, libertad o espontaneidad, sino como un automatismo que somete la acción individual y cuya regla de oro es la del incremento del valor o, traducido a otros términos, del beneficio. Puesto que el plusvalor no puede tener otra fuente real que el plustrabajo, el tiempo de trabajo no pagado, el funcionamiento de la sociedad socializada por el capital ha de ser necesariamente antagónico. Por una parte, la mediación social se constituye principalmente a través del complejo de prácticas y objetivaciones llamadas en general “trabajo”; por otra, este es subsumido bajo el capital, sometido a su mando y expropiado. Y, al tiempo que es explotado, produce las condiciones y medios para la continuidad de su propia explotación. Por lo demás, puesto que el plusvalor -en virtud del automatismo antes indicado- tiene que volver a procesar como valor autoprocesante, el plustrabajo  capitalizado subsume y explota de nuevo al trabajo, se reproduce y reproduce su dominio.

Capital y trabajo conforman así, en Marx, una contraposición antagonista irreductible. La necesidad de la crisis es explicada en último término desde ese antagonismo. Veamos en qué sentido. Se entiende que la reproducción del capital necesita la vampirización continua de fuerza de trabajo. Pero esta no puede darse sin su aplicación efectiva a la producción, sin trabajo inmediato. Por tanto, la valorización conlleva el aumento de la riqueza social y de la productividad de trabajo. Y esto a su vez interfiere, dificulta o bloquea la reproducción del capital. Marx sitúa aquí una contradicción sistémica cuya igualación explosiva son precisamente las crisis: no es posible que se dé un punto de equilibrio entre las necesidades de la explotación del trabajo y el desarrollo revolucionario de las fuerzas productivas por el capital. En el marco de un poder social movido por el hambre canina de plusvalor, la productividad se traduce en sobreproducción, y ésta finalmente, en “desvalorización general o destrucción de capital” (42,359) junto al desperdicio y la depreciación de la “capacidad viva de trabajo” (42, 360).

Las crisis sistémicas no nacen, pues, de la escasez o de la ineficiencia productiva, sino muy al contrario, de la sobreacumulación o “plethora” de capital (25, 261). Por eso constituyen sismógrafos privilegiados de los absurdos del capitalismo: sobrevienen porque, aunque se produzca demasiado poco, mal y mal distribuido para las necesidades sociales, se produce demasiado para la explotación; porque, aunque se produzca demasiado poco para el hambre de tantos, se produce demasiado para el hambre de beneficios. Ponen el exceso de capital junto al exceso de población, la sobra de medios de producción junto a la sobra de trabajo. Mientras el capital se desvaloriza o destruye, “las contradicciones”, escribe Marx, “se desahogan en hecatombes de trabajadores” (23,621). Y después del colapso, recuperado de nuevo el “equilibrio adecuado” (adecuado para las condiciones de explotación del trabajo por el capital), la maquinaria aspiradora de plusvalor se pone de nuevo en marcha. Hasta la siguiente, más destructiva: bajo el capital es seguro que habrá una siguiente. Bajo el dominio del valor valorizante, los trabajadores aparecen sólo como “máquinas para la producción de plusvalor”, los capitalistas “sólo como máquinas para la transformación de ese plusvalor en pluscapital” (23, 621). Y, puesto que el sujeto de todo el proceso sigue su automatismo antagónico, la inmanencia de la autoconservación del capital como capital traerá una y otra vez crisis.

 

-II-

 

La formación social capitalista tiene como una característica peculiar el que el plusvalor no sea completamente consumido y separado de la producción, sino que vuelve al capital como incremento suyo. Alcanzado cierto grado, se llega a la “sobreacumulación”, definida por Marx como aquella situación en la que el capital necesario para los fines de la producción capitalista (el plusvalor) es igual a cero (25, 261). En esas condiciones, como hemos visto, el capital se desvaloriza o se destruye para conservarse (26.2, 496). Las crisis generales responden primariamente, por tanto, a la sobreproducción y sobreacumulación de capital. Ahora bien, sólo con esa interpretación general no se entiende su variabilidad y recurrencia, fenómenos de los que el análisis marxiano da cuenta desde la perspectiva del proceso social global.

Marx pensaba que la tecnificación creciente de la producción, esto es, el aumento en la “composición orgánica del capital”, implicaría una proporción decreciente del tiempo de trabajo necesario en relación con el valor de los medios de producción (capital constante). Esto es, que la riqueza dependa cada vez menos del trabajo inmediato y más del sistema de máquinas, coordinado y sincronizado a escala planetaria. Se entiende de suyo que en el mundo convertido en un gigantesco “taller total”, la producción de cada mercancía singular necesitará menos tiempo de trabajo que en la época de la manufactura. Y la tendencia civilizatoria del capital consiste precisamente en articular un sistema industrial coordinado a escala planetaria, automático y continuo, de producción y circulación, puesto en marcha por la acción de masas gigantescas de capital fijo. De esa creciente composición orgánica resulta concentración y centralización, crecimiento del capital financiero y formas más destructivas de crisis.

Marx y Engels supieron entender muy prontamente el papel central que el sistema crediticio y el capital ficticio[v] iban a cobrar en una fase de desarrollo en la que la relación-capital ya se enseñoreaba del mercado mundial. Vieron cómo en lo financiero el capital acumulado se crea, por una parte, una esfera de circulación propia, de negocio especulativo autonomizado, y, por otra, se pone como disponible para las necesidades de la producción y la circulación[vi]. El capital que genera intereses representa la forma más depurada y refinada de valor autoprocesante. En él se pone directamente el valor como resultado inmediato de sí mismo, sin el paso, siempre azaroso, lleno de avatares y obligaciones, por la producción y la circulación. Esa forma tiene, según Marx, que ganar un papel cada vez más protagónico en el desarrollo del modo de producción. La maquinaria financiera vendría a conferir a los intercambios la intensidad, continuidad y velocidad requeridas por el mercado mundial y el taller global.

Los movimientos de reproducción y acumulación ganan aquí una nueva escala. También las crisis. “Banco y crédito”, escribe, “se convierten en los medios más potentes para llevar la producción capitalista más allá de sus límites, y uno de los vehículos más poderosos de la crisis y la destrucción” (25, 620 y s.). La banca, la bolsa y las múltiples variedades de capital coordinan de tal modo el capital social que facilitan realizaciones productivas (Marx pensaba en los ferrocarriles y las minas) inabordables de otro modo. Al tiempo, posibilitan concentraciones de capital de dimensiones fabulosas. Y, puesto que, como es fácil entender, la masa del capital en funcionamiento determina la velocidad relativa de la acumulación, los proporcionalmente pequeños están condenados. La concentración los obliga “al camino de la aventura: especulación, créditos fallidos, engaños bursátiles, crisis” (25, 261). En definitiva, la espiral de acumulación y crisis es llevada de la mano del capital financiero a un nuevo nivel de destructividad. Aquí la violencia de la crisis actúa como palanca para la concentración de capitales, en las que, como señala Marx, “un solo capitalista liquida a muchos” (23, 790). A ese proceso, en el que por lo demás no se crea valor, sino una nueva distribución, lo denominó “centralización”,  la ley de “atracción del capital por el capital” (ib.). Grandes masas atraen con gran fuerza: los capitales relativamente pequeños acaban integrados en los grandes. Las crisis crean las condiciones de la absorción en masa de capital por capital.  

 

 

-III-

 

La explicación marxiana muestra las crisis como resultado inevitable de las contradicciones del modo de producción capitalista. Al tiempo, las presenta como medio que conserva y potencia el poder del capital, ya que desatascan las obturaciones por sobreacumulación del proceso de valorización y sirven a la centralización. Tenemos que considerar aún un nuevo aspecto de la función conservadora para el orden capitalista de la crisis: su efecto contrarrestante a la tendencia a la caída de la tasa de beneficios, esto es, al derrumbe económico.

   Marx pensaba –y este era para él un supuesto material fundamental para confiar en la eliminación de las relaciones capitalistas- que la creciente composición orgánica lleva aparejada la caída gradual en la tasa de de beneficios (25, 222). Podría afirmarse que esto constituye la concreción en la sociedad capitalista de la contradicción entre desarrollo de las fuerzas productivas y relaciones de producción. Para un sistema cuyo alfa y omega es el beneficio, un decrecimiento progresivo de su tasa resulta catastrófico. Esa tendencia apunta en último término objetivamente al derrumbe. Claro que Marx no piensa esa ley como las que rigen los procesos naturales, y de hecho señala la existencia de “causas contrarrestantes” (25, 242-250) que entorpecen o suprimen la acción de la ley general. Las crisis, agudizadas por la disminución de la tasa de beneficios, producen a su vez el efecto de ralentizarla. Esa disminución, escribe, “fomenta sobreproducción, especulación, crisis, capital sobrante junto a población sobrante” (25, 252). A la inversa, las crisis frenan aquella disminución. Por una parte, como sabemos muy bien hoy, crean las condiciones para elevar el grado de explotación del trabajo; por otra, dejan sitio para el mantenimiento o el nuevo comienzo de la valorización. 

La conclusión a que lleva el análisis que he venido describiendo es que las crisis económicas constituyen un medio para el fortalecimiento y la conservación del poder del capital. Eliminan la sobreacumulación que obstaculiza la extracción de plusvalor; sirven a la centralización de capitales y, por tanto, a su dominio del trabajo; atrasan la formación de las condiciones objetivas para el desmoronamiento del capitalismo. Marx escribió en un borrador de carta 1881 que el desarrollo del capitalismo “no es más que una historia de antagonismos, crisis, conflictos y catástrofes” (19, 397). El sentido conservador de las crisis nos enseña que el desarrollo de la sociedad capitalista se realiza a través (y no a pesar) de la destrucción de riqueza, trabajadores y medio natural. ¿Podrá interrumpirse ese desarrollo? Esa posibilidad –si es que la humanidad no está condenada a seguirlo hasta la catástrofe final- tendrá finalmente que sustentarse en la constitución de los individuos como agentes de una transformación radical de la sociedad[vii]. Y Marx pensaba que precisamente las crisis podrían actuar también de catalizadores para la formación de una subjetividad “práctico-crítica”.

 

-IV-

 

La cuestión ahora planteada (que no tiene perfiles económicos, sino histórico-filosóficos o, si se quiere, políticos) requiere la transición desde la explicación de las bases de la sociedad capitalista hacia la idea de un sujeto constituyente. Una transición problemática, puesto que la dialéctica materialista obliga a considerar las formas subjetivas como objetivamente mediadas[viii]. ¿Qué formas de humanidad propiciará el avance catastrófico del capital? Hemos visto que, para Marx, ese movimiento se presenta como resultado de una especie de “superpoderosa ley natural” (42, 642). La crisis global confronta al individuo, en su ser mera fuerza de trabajo, “en esa desnudez” (42, 384), con el peso desproporcionado de un mundo objetivo que lo aplasta. La destrucción de los medios de vida explota sobre los explotados, que sufren experiencias laminadoras de impotencia y extrañamiento. Marx da cuenta de las “leyes de hierro” del proceso capitalista como si se tratara de un acontecer de la historia natural. Su lenguaje se deja infiltrar de palabras como diluvio, terremoto, tormenta, cataclismo. Metáforas que tienen el fundamental sentido crítico de indicar la forma enajenante de las crisis para los individuos capitalizados, su inevitabilidad en el orden capitalista. Esa indicación expresa a un tiempo la urgencia de revocar prácticamente una sociedad caracterizada por la necesidad de producir catástrofes. El pensamiento de Marx se sostiene sobre la posibilidad de que los hombres sean capaces de negar una objetividad, por ellos mismos producida, que lleva al desastre final. El horizonte práctico de la teoría de la crisis es la idea de revolución.

Las crisis capitalistas serían como el jeroglífico de la crisis del capitalismo. Su nivel de destructividad indicaría el grado de tensión alcanzado por el antagonismo social. Crisis extremas del mercado mundial serían indicios de que se llega al punto en el cual las fuerzas productivas, “en lugar de poner la autovalorización del capital, la suprime” (42, 641). Claro que el capital, afirma Marx, realiza voladuras más o menos controladas que le permiten “emplear completamente su fuerza productiva sin cometer suicidio”, pero ese proceso no podrá mantenerse indefinidamente: “esas catástrofes regularmente recurrentes conducen a su repetición en mayor escala, y finalmente a su derrumbe violento” (42, 643). Alcanzado determinado grado de destructividad capital, confía en la formación de una praxis transformadora, consecuente con el desmoronamiento de la fachada de racionalidad del capitalismo.

La noción de “derrumbe” en Marx puede inducir al pensamiento de que el final de la sociedad capitalista acontece como una consumación o realización de la misma totalidad antagónica en su desarrollo objetivo. Henryk Grossmann, por ejemplo, llegó a creer posible una predicción exacta de la crisis última y del fin del capitalismo a partir de la ley de caída de la tasa de beneficios. La publicación de su obra en 1929 coincidió con una crisis sistémica profunda que, en lugar de a una sociedad liberada, condujo a la continuidad del capital por medio del fascismo, diversas formas de autoritarismo de estado y, finalmente, una guerra horrenda terriblemente resuelta. Es preciso, frente a las interpretaciones deterministas del derrumbe, volver a poner en primer plano la insistencia de la teoría crítica marxiana en la historicidad del capitalismo. Este pensamiento implica asumir la posibilidad de que las crisis también puedan desembocar en una orgía de destrucción. Dentro de la mediación de contingencia y determinación que es la historia, la praxis transformadora antes aludida no habría que derivarla directamente de la dinámica misma de la sociedad capitalista, sino asumir que, en todo caso, podría autoconstituirse a través de su negación. El discurso de Marx sobre los estatutos de la Internacional (1864) expresa muy bien esa idea de un sujeto que se transforma a sí mismo por medio de la misma praxis transformadora (16, 14). En el contexto de la crisis presente, eso podría traducirse en que la idea de una supresión del orden capitalista no exige la identificación de un sujeto revolucionario ya formado y organizado, sino suponer la posibilidad de cierta fuerza de negación en los explotados y desposeídos (incluyendo, claro, a las explotadas y desposeídas). Una aplicación consecuente de Marx entenderá que el objetivo de eliminar el trabajo asalariado va unido a la supresión del patriarcado, de la desposesión racial, étnica y cultural, del dominio devastador de la naturaleza.  

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-V-

En fin, de la evidencia de su extrema destructividad no se deduce necesariamente la transición desde el capitalismo hacia una forma de sociedad sin explotación. Una herencia vinculante del pensamiento de Marx para el discurso crítico fue que, en lugar de detallar los perfiles de un futuro emancipado, insistiera en indicar la transitoriedad del capital, del que las crisis constituyen un “aviso” (42, 642). Su idea sería que la negación del todo antagonista no tiene necesariamente que ocurrir, pero que debería ocurrir, y que no es improbable que ocurra como respuesta racional a las dimensiones gigantescas de su devastación. Lo que no niega, claro, el carácter esencialmente abierto del porvenir ni excluye las posibilidades apocalípticas.

Tal vez el análisis marxiano de las crisis necesite como marco interpretativo la perspectiva sobreañadida del proceso histórico capitalista como un continuo de explotación. Desde esa perspectiva, se revela como desastre  no éste o aquel episodio de crisis económica, sino la catástrofe permanente que constituye el orden burgués. A la contracción de las consciencias hasta el punto cero del miedo y la impotencia efecto de la crisis, habría que oponer la visión de la destructividad inmanente a totalidad del proceso de capitalización. Como enseñó Walter Benjamin, lo terrible no es sólo la amenaza angustiosa de la crisis, sino la catástrofe de que todo permanezca igual. La normalidad es el estado de excepción. 

 

 

 


[i] Citaré por la Marx-Engels Werke (MEW), Berlín, Dietz, 1956 y ss. La primera cifra entre paréntesis se refiera al tomo, la segunda a la página. Las traducciones son propias. 

[ii] Expresión actual de esto podría ser la extensión del lema “¡Salvemos a la banca!”

[iii] Marx no dispuso de tiempo ni de fuerzas para llevar a término el programa completo de su crítica de la economía política. El lugar de la teoría de la crisis debía ser el tratado sobre el “proceso global de la producción capitalista”, tratado del que sólo disponemos las indicaciones contenidas en los manuscritos en torno a El Capital I, especialmente los editados como volúmenes II y III de esa obra, los tres tomos de Teorías de la Plusvalía y los Grundrisse.

[iv] Cada crisis histórica o vivida conscientemente (1825, 1836, 1845/7, 1857/58, 1867) ocasiona un estudio de las condiciones y circunstancias concretas de cada una de ellas. La correspondencia cruzada indica hasta qué punto esos fenómenos marcan incluso el ritmo y los intereses del trabajo teórico. Los escritos de madurez de Marx pueden leerse como el resultado de un largo, penoso e inconcluso proceso de aprendizaje. Esto debe tenerse siempre presente al interpretar sus discursos sobre la crisis, donde entran en constante mediación el análisis conceptual y los estudios materiales de cada episodio. Así, por ejemplo, en la década de los 60 la experiencia de la rápida recomposición del sistema económico condiciona una interpretación funcional del vínculo entre los cataclismos del mercado mundial y la reproducción del capital, con el resultado de un mayor escepticismo respecto a la creencia en la inminencia del derrumbe del orden social burgués como efecto inmediato de la crisis.

 [v] Se denomina así a títulos que circulan a la caza de plusvalías desvinculados completamente de las mercancías o asignaciones de que son títulos. Vid. “Fiktives Kapital”, en: Historisch-Kritische Wörterbuch des Marxismus, Vol. 4, Berlín, Argument, 1999.

[vi] Esto va a dar lugar, según Marx, a fenómenos sociales como la aparición de una “nueva aristocracia financiera, una  nueva especie de parásitos con forma de proyectistas, socios fundadores o directores nominales; un sistema del embuste y el engaño en relación con las fundaciones, emisión de acciones y comercio de acciones” (25, 454). La concentración del capital financiero  reconfigura el dominio dentro de las clases capitalistas. Por una parte, escribe Marx, “esa clase de parásitos adopta un poder fabuloso, no sólo para diezmar a los capitalistas industriales, sino incluso para influir del modo más peligroso en la producción” (25, 560). Por otra parte, ese poder no se asienta –como en los usos burgueses tradicionales- en las relaciones de propiedad, ya que los grandes especuladores no arriesgan lo suyo, “sino masas ingentes de riqueza social” (25, 455).  

[vii] Una formulación impresionante de esta alternativa se encuentra en el protocolo de una discusión de los años 50 entre Adorno y Horkheimer: “ADORNO: Mi más interno sentimiento es que de momento todo está cerrado, pero que en cualquier instante todo puede cambiar. (…) No puedo representarme que haya un mundo llevado al disparate sin que se desencadenen fuerzas de oposición objetivas. HORKHEIMER: Yo, sin embargo, sí. Porque los hombres se extinguen. El mundo está loco y así permanece. En el fondo me puedo representar que la historia universal entera no es otra cosa que el vuelo de una palomilla de la luz que se acaba abrasando” (Max Horkheimer: Gesammelte Schriften, Vol. 19, Francfort, Fisher, 1996, p: 47).

[viii] En los Grundrisse se lee: “Considerada la sociedad burguesa en su conjunto, la sociedad misma, esto es, el hombre en sus relaciones sociales, aparece como resultado último del proceso de producción social” (42, 608).

 

Publicado en:

Pasajes. Revista de pensamiento Contemporáneo. Publicacions Universitat de Valencia / Fundación Cañada Blanch, Primavera 2009

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9 comentarios to “CRISIS Y CAPITAL EN MARX”

  1. Traduzco, de forma chapucera, claro, los versitos que no me atreví a traducir para la publicación. Dicen algo así: No necesitamos huracanes, no necesitamos tifones, del horror que ellos pueden producir podemos encargarnos nosotros mismos.

  2. ivdomest Says:

    En este comentario seré breve (y casi bíblico):

    “Malaventurados aquellos que busquen la salida a la crisis en “el Capital”, pues solo hallarán los porqués y no los cómos.”

    Saludos

  3. el hecho de que un pais, desde el punto de vista economico y social sea visto, considerado como una empresa, lleva a pensar que no hay salida al sistema, si los gobernantes que votamos le limpian la mierda del culo a los banqueros, ¿que podemos hacer nosotros sino contemplar toda la podredumbre? ¿que margen de accion tenemos los ciudadanos…?

  4. haciaelcapital Says:

    Ciro:
    Releo ahora por vez primera lo que escribí hace unos meses… y no sé, lo que me sale al encuentro es más que nada lo que hay en el texto de réplica a la intepretación de las crisis económicas como oportunidades inmediatamente revolucionarias. Subrayo como lector la alusión a la teoría del derrumbe: “Henryk Grossmann, por ejemplo, llegó a creer posible una predicción exacta de la crisis última y del fin del capitalismo a partir de la ley de caída de la tasa de beneficios. La publicación de su obra en 1929 coincidió con una crisis sistémica profunda que, en lugar de a una sociedad liberada, condujo a la continuidad del capital por medio del fascismo, diversas formas de autoritarismo de estado y, finalmente, una guerra horrenda terriblemente resuelta”. El dadá lo ilustró, p. ej., Heartfield en el fotomontaje con la leyenda “Guerra y cadáveres – la última esperanza de los ricos”. [ Vid. http://www.artknowledgenews.com/files2007a/JohnHeartfieldWarAndCorpses.jpg — también http://www.epdlp.com/pintor.php?id=2878%5D ¿Qué podrá ocurrir ahora? ¿Nos esperarán sólo nuevos horrores, viejos espantos, una nueva normalidad igual de anómala?

  5. Imbróligo Says:

    No voy a ser maniqueo al hablar de los extremos del hombre, pero al igual que no deseo una evolución fascista que desemboque en una despiadada guerra por el control y la supervivencia del capital, igual, no deseo un orden burgués cuyo radio de acción sea la sombra y que controle de manera despiadada la vida del capital como meros mercenarios; y para muestra un botón “La ópera de cuatro cuartos” Bertolt Brecht

    No obstante, si el orden lógico de acontecimientos ya esta reseñado, ¿Qué hacer?

  6. Dora Espinar González Says:

    MORIR DE ÉXITO

    Reflexiones sobre la crisis capitalista

    Desde un enfoque histórico filosófico marxista es posible realizar una aproximación a las crisis del capital. Estas crisis no anuncian cambios esperanzadores; Walter Benjamín dejó claro que el capitalismo no tiene intención de suicidarse; muy al contrario, las crisis responden a reajustes del capital que se perpetúa a sí mismo aunque para ello tenga que dilapidar recursos humanos y naturales.

    Para Hegel la historia de la humanidad abarca tres períodos en función de los modos de producción (feudal, capitalista, poscapitalista) El fin de la historia se originaría en el preciso momento en el que nos reconociéramos libres.
    Frente al idealismo hegeliano que contempla la historia como un proceso inevitable y necesario, el materialismo histórico, en ningún momento, tiene seguridad alguna sobre el fin de la historia.

    En los Grundrisse, Marx elabora una división de la historia a partir de las relaciones de poder, del dominio de una voluntad sobre otra pero mediado por la mercancía y las relaciones sin poder.

    La historia es un proceso abierto e impredecible, un juego de determinación y libertad y se necesita una praxis transformadora para alcanzar la sociedad emancipada.

    Marx confiaba en que la automatización de las fábricas daría más tiempo libre a los trabajadores que lo aprovecharían para cobrar conciencia de su explotación y poner los medios para remediarla. Por otro lado, consideraba a la gran industria como la condición fundamental para reducir la jornada laboral y alcanzar la libertad concretada en ese tiempo libre

    Sin embargo, a medida que el capitalismo se ha perfeccionado hemos visto como, incluso el tiempo libre, se ha transformado en tiempo de consumo y, por tanto, de trabajo. No contaba, además, con que la máquinas crearían hombres a su imagen y semejanza, disciplinados y acríticos.

    Igualmente esperaba que la capacidad de crear riqueza que tenía la sociedad capitalista fuera el punto de partida para el cambio a una sociedad emancipada. Hoy día ya estamos acostumbrados a que la riqueza de unos pocos crezca de modo exponencial sin que eso ayude a la liberación de nadie.

    Paradójicamente las crisis económicas cíclicas de la sociedad capitalista sobrevienen porque hay una sobreabundancia de bienes. El capital –valor valorizante- se transforma en el vampiro y, éste, entra en acción.

    Se origina un desajuste entre la oferta y la demanda, no se está produciendo para responder a ella, se produce para un valor y surge la crisis. Se producen desfases que nos llevan a cuestionarnos los límites y en cada momento se vive la apropiación primigenia y hay explotación de un trabajador en algún lugar. La plusvalía será para Marx la forma de explotar a los trabajadores.

    Se comprende que en los barrios pobres de Bangladesh circule este dicho entre las niñas: “si tienes suerte, serás prostituta y si no la tienes trabajarás en la confección de prendas de vestir”.

    Resulta indignante que los beneficios de esta industria no tengan repercusión alguna sobre la vida de estas niñas y que, sin embargo, la crisis que ha provocado la avaricia de otros las arrolle de pleno a su paso.

    ¿Será que el capitalismo está muriendo de éxito?

    • haciaelcapital Says:

      Ciro: ¡gracias Dora! Una acotación mínima sobre “exito” y “fracaso”. El empobrecimiento extremo, la desposesión total de la fuerza de trabajo hasta su extenuación definitiva -también por desenganche en el andén de la improductividad- o de las propiedades sexuales hasta la extinción de su valor de uso, -nada de esto habla del fracaso del capitalismo. No se fracasa cuando se frustran fines que nunca se han propuesto. Y al capital le ha sido y le es indiferente el bienestar de las niñas de Bangladesh (o de cualquier otro)… El objetivo es la valorización: cuando esta se atasca o se entorpece, es entonces cuando comienzan sus problemas.

  7. ivdomest Says:

    Tras releer el texto, he querido investigar un poco sobre los ciclos de crisis del Capital, y me gustaría compartir los resultados que he obtenido.

    He centrado mi breve estudio en el seguimiento del índice Dow Jones a lo largo del siglo XX. El Dow Jones es un conjunto de diferentes índices bursátiles del mercado estadounidense. He escogido este dato al considerar la economía de EEUU la más capitalizada de nuestro tiempo, como lo fue la inglesa en los tiempos de Marx.

    Lo que me resulta más destacable es que esos ciclos de crisis se han sucedido cada vez con más frecuencia. Aporto por aquí unos enlaces con las gráficas de los puntos de inflexión más significativos.

    1929: Crack de wall street:

    1962: Crisis de los misiles

    1987: Lunes negro: Caída repentina de los índices mundiales

    2006 – 2009: Crisis actual

    Creo que se puede apreciar claramente cierto incremento en la frecuencia en la que ocurren las crisis. He buscado un factor común para intentar explicar esto, y he encontrado lo único que ha cambiado en todo ese tiempo: Los medios de producción.

    Entonces, me aventuraré a interpretar el hecho como el resultado del carácter fuertemente expansionista del capital, no tanto en su forma extensiva, sino en su forma intensiva: La mejora de los medios de producción conlleva aumento de capital, es decir, se puede producir más en menor tiempo. Ergo, la acumulación acelerada hace llegar con más rapidez a una de estas plethoras, y consecuentemente, a un periodo de crisis.

    Pero, si la situación continúa de esta forma, durante los digamos, próximos cincuenta años ¿Llegará la evolución de los medios de producción a colapsar el sistema capitalista, al sentirse incapaz de poder revalorizarse a través de una crisis? Y sobre todo ¿Qué consecuencias tendría esto en la sociedad de la época?

  8. Nos hemos dado cuenta con el el tiempo que el Estado es una organización social mafiosa y que forma parte de los mercados financieros, no se puede dar marcha atrás, este sistema capitalista se basa en la explotación del ser humano y ademas está agotado, por no decir en coma, no tiene alternativas para repartir la riqueza equitativamente para 7.000 millones que conforman nuestro planeta. Solo lo único viable es la autogestión ciudadana por medio de una revolución.

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