Sobre las anticipaciones del apocalipsis en Marx

 

Ciro Mesa      

“En esta época estridente, que retumba por la cacofonía de hechos que producen informaciones e informaciones que producen hechos, …” (Karl Kraus).

 

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-I-

   Marx fue un pensador militante, un activista político, un hombre de partido. Esto es un indicio de lo a fondo que asumió que la historia constituye un proceso abierto. Su momento optimista, su confianza última en la racionalidad de los hombres, no clausuró la consciencia materialista de la incertidumbre. El concepto marxiano de historia no incluye la representación de un final cerrado y predeterminado, al que la humanidad se encamina inexorablemente, representación que constituye para él una mistificación metafísica. Pero interpretó su época como una realidad atravesada por promesas emancipatorias con cuya realización se compromete y cuya realización espera. Pensó que la tendencia dominante de la historia humana era la que apuntaba hacia una humanidad emancipada, socializada de un modo no-coactivo. Sin embargo, al pensar la historia como un proceso abierto, su diafragma teórico debió abrirse hasta atender a las posibilidades negativas. De ahí que en sus textos también podamos encontrar rastros del apocalipsis. Se trata, efectivamente, de rastros, no de una teoría apocalíptica acerca del fin de los tiempos. Marx fue también en algunos momentos de su escritura, tal vez a su pesar, anunciador de catástrofes. Digo a su pesar por la forma en que aparecen las posibilidades apocalípticas en sus textos: reticentemente, como temores desactivados por la confianza en el instinto de autoconservación del animal humano, como dudas que se expresan pero de las que no se extraen sus consecuencias últimas. Este escrito se dedica a indicar y comentar algunos de los textos de Marx en los que se manifiestan aquellos rastros del apocalipsis. Me parece que dice mucho sobre nuestra época que esos textos, precisamente estos más que los optimistas, produzcan la impresión de que pueden ser aplicados de forma inmediata a la actualidad.

 

-II-

   Marx percibió su época como un mundo en el que tanto los medios para la destrucción como las posibilidades para la emancipación de los hombres y la eliminación de la penuria habían alcanzado un grado desconocido en la historia de la humanidad. Pero es tan aguda la contradictoriedad de la sociedad que cada cosa es ambivalente, que nada se libra de realizar funciones antinómicas. Marx expuso brillantemente esta tesis en el discurso que pronunció en la celebración del aniversario de la revista cartista “People’s Paper” el 14 de abril de 1856: “En nuestros días cada cosa parece preñada de su contrario. Vemos que la maquinaria, que está dotada de una fuerza maravillosa para aminorar el trabajo humano y hacerlo más fructífero, lo arruina y lo agota hasta la extenuación. Las nuevas fuentes de riqueza se transforman, por un extraño embrujo mágico, en fuentes de la penuria. Los triunfos de la ciencia parece que se pagan con la pérdida del carácter. En la misma medida en que la humanidad domina la naturaleza, el hombre parece someterse a los otros hombres o a su propia vileza. Incluso la luz pura de la ciencia parece poder lucir sólo sobre el fondo oscuro de la ignorancia. Todo nuestro descubrir y nuestro progreso entero parece conducir a que las fuerzas materiales se doten de vida espiritual y la vida humana se embrutezca convirtiéndose en una fuerza material”[i]. Aquel embrujo mágico al que alude Marx, el que hace que cada avance de la fuerza productiva sea destructivo y que  toda conquista de los hombres sobre la penuria la amplíe, es el funcionamiento de la propia sociedad burguesa moderna. Ese funcionamiento contagia de antagonismo y ambivalencia a todos sus frutos y mecanismos. Mientras se produzca para el beneficio y la ley de valorización de capital domine el proceso social, no es posible ninguna mejora que no se cobre contrapartidas. Los medios para el dominio de la naturaleza conseguidos dentro de las relaciones sociales capitalistas son también un medio para embrutecer a la mayoría de los hombres y someterlos a otros.  El “antagonismo entre la industria y la ciencia modernas, por un lado, y la miseria y decadencia modernas, por otro,” expresa el  “antagonismo entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de nuestra época” (Mew, 12, 4). La oposición interna a cada conquista productiva entre las posibilidades destructivas y emancipatorias, una oposición que habría alcanzado en su época una agudeza y un grado desconocido en la historia humana, es constitutiva de la sociedad burguesa y sólo se extinguirá con la superación de esta.

   Marx concibe, pues, el desarrollo capitalista como un proceso plagado inevitablemente de movimientos catastróficos. “Sabemos”, afirma en el mencionado discurso, “que las nuevas fuerzas de la sociedad, para alcanzar una efectividad correcta, necesitan solamente hombres nuevos que se conviertan en sus dueños –y estos son los trabajadores” (ibd.). Sólo una sociedad en la que los trabajadores dominen las fuerzas productivas despertadas por el capitalismo podrán quitar de estas su carácter antagónico. De ahí la alternativa que presenta Marx: o bien el proceso social sometido a ley de valorización del capital continúa su marcha catastrófica –cada vez más violentamente catastrófica-, o bien aquellos a quien esa ley somete y embrutece toman consciencia de esa realidad e intentan darse a sí mismos una forma de sociedad pacífica y racional, en la que sea posible un desarrollo sin esclavización ni mártires. Sabemos que aquí no estamos ante una alternativa entre posibilidades a las que se conceda el mismo grado de plausibilidad. El planteamiento de la alternativa entre socialismo y barbarie es en sí mismo un ejercicio retórico a favor del primero, que se identifica ya, dentro de la misma oposición, con las ideas de razón, libertad y humanidad. Pero, no obstante, se trata también de una alternativa que se presenta como real,  por que en definitiva –y esto es lo que hace necesario aquella retórica- el futuro está abierto y nada está decidido de antemano. Ni la barbarie, ni la regresión, ni el apocalipsis final socialmente producido, fueron posibilidades que Marx, en virtud de su confianza última en la racionalidad humana, terminara de asumir en su inminencia. Pero tampoco pudo descartarlas. La alternativa entre socialismo y barbarie proclama que los trabajadores deben vencer, que tienen que vencer, por que, si son derrotados, entonces el embrutecimiento, la esclavización y el envilecimiento de los hombres llega hasta el final de los tiempos y precipita el final mismo. Si aquel acontecimiento emancipador se piensa como un mero imperativo práctico, una mera posibilidad, entonces este final se levanta como una expectativa histórica real.  

  

-III-

 

Más adelante veremos como percibió Marx que la lógica del desarrollo capitalista conduce por sí misma a la catástrofe ecológica. Ese es uno de los rastros del apocalipsis a los que me refería más arriba. Otro, que es el decisivo porque aquel depende de este, es la posibilidad, apenas insinuada, de que la lucha de clases acabe sin supervivientes o de que los trabajadores sean definitivamente derrotados y absorbidos, y el capital siga su marcha triunfal hacia la destrucción sin contestación ni oposición. Veamos ahora algunos pasajes en los que el discurso marxiano deja ver este rastro.

   Al principio de “El manifiesto comunista” se describe la lucha de clases como un antagonismo que siempre acaba con la reconfiguración total del marco social o con “el hundimiento mutuo de las clases en lucha” (Mew, 4, 462). Marx se comprometió con la realización de la primera posibilidad. Pero, ¿cómo habría que representarse el hundimiento de las clases en lucha en la era capitalista? ¿Qué quedaría detrás de él? Si pensamos el concepto de lucha de clases en un sentido más general que el que nos propone aquel texto de 1848, si lo remitimos a las diversas formas de lucha por el poder entre estados, naciones, etnias o grupos sociales, la amenaza del hundimiento mutuo de las clases en lucha coincide en la sociedad capitalista con la amenaza de que el continuo de la historia sea interrumpido por la catástrofe final. Por un lado, según Marx, el sistema capitalista produce una disposición de medios cada vez más potentes para el dominio natural. Por otro, universaliza la sociedad y crea el mercado mundial. Ambas condiciones prestan potencialmente a los conflictos armados una dimensión planetaria, universal, la forma de la movilización total, al tiempo que hacen disponibles medios para la agresión cada vez más potenciados. Cono señala Engels en el Anti-Dühring, “industria es industria, sea para producir objetos sea para destruirlos” (Mew, 20, 155). La humanidad –a la que el capital ha hecho realmente una por vez primera- ha sido capaz de progresar de la lanza al misil inteligente.

   Marx pensaba que los dispositivos técnicos desarrollados dentro de las relaciones capitalistas de producción funcionan también necesariamente, en el contexto de esas relaciones, como medios de destrucción. La historia del siglo XX , en el que la lucha entre los hombres adquirió formas políticas de movilización y antagonismo cuya destructividad no le fue dado a Marx anticipar, muestra como la imagen apocalíptica de una liquidación total de la humanidad entera dejó de ser una posibilidad remota para convertirse en el miedo cotidiano de millones de hombres. En 1846 Marx afirmaba que se estaban preparando “guerras terribles entre las distintas clases de una nación y entre las distintas naciones” y que esas colisiones sólo pueden resolverse por “la acción práctica y violenta de las masas” (Mew, 4, 555). La historia que nos separa de ese texto nos ha enseñado una dimensión de lo terrible que era inimaginable en 1846 y que nos obliga a dar un sentido diferente a la representación de la “acción violenta de las masas”. Lo ocurrido entre la época de Marx y la nuestra lastra de tal modo las posibilidades catastróficas que no sólo se ha convertido en ingenua la confianza en una humanidad capaz de resolver las colisiones de las que él habla, sino también la esperanza en la formación de dispositivos subjetivos capaces de detener la tendencia objetiva hacia la mutua liquidación total.

 

-IV-

    En el artículo publicado en abril de 1849 bajo el título “Trabajo asalariado y capital”, Marx afirmaba que “cualquier reforma social permanece como una utopía hasta que la revolución proletaria y la contrarrevolución feudal no midan sus armas en una guerra mundial” (Mew, 6, 397). Es curioso que un texto que comienza con la llamada a la revolución definitiva plantee a continuación que se debe dejar a un lado el tema de los movimientos políticos para tratar, escribe Marx, “las relaciones económicas mismas sobre las que se basa las existencia de la burguesía y su dominio de clase así como la esclavitud de los trabajadores” (Mew, 6, 398). “Trabajo asalariado y capital” constituye su primera publicación dedicada a exponer elementos de su concepción económica, un documento fundamental para quien quiera seguir la evolución de esa concepción. Sin embargo, leído desde la llamada revolucionaria –tan desesperada, en realidad- que lo encabeza, el texto nos induce a que lo interpretemos como uno de los primeros documentos en los que se reconoce y se intenta comprender el fracaso del 48. Si en el pasaje que cité al comienzo del párrafo se habla de la necesidad de que la revolución proletaria y la contrarrevolución midan sus armas, el análisis de la relación entre trabajo y capital que nos ofrece el texto lo que en realidad nos muestra es la debilidad objetiva de la clase obrera. La explicación económica de Marx da cuenta de las razones objetivas de la desproporción del poder de la clase dominante con el de una clase trabajadora dividida e impotente, condenada a la mutua competencia y a la indignidad.

   La relación entre trabajo asalariado y capital que se nos plantea en el artículo es una relación de dominio que, al establecerse y continuarse hace que lo sometido fortalezca al poder que lo somete. “El trabajo asalariado”, escribe Marx, “sólo puede intercambiarse por capital, aumentando el capital, fortaleciendo el poder que lo esclaviza” (Mew, 6, 410). Con el avance del modo de producción capitalista, la clase dirigente incrementa su poder y se ensancha “el abismo social que los separa de los capitalistas” (Mew, 6, 416). La lógica de ese desarrollo funciona de un modo perverso para los trabajadores: lo que fortalece al capital los debilita a ellos, lo que perjudica al capital también los debilita. Los avances de la división del trabajo y la maquinaria que trae consigo el desarrollo capitalista desvalorizan su destreza y a ellos mismos, los obliga a competir entre sí,  los convierte de facto o potencialmente en desechos[ii].

   Por otro lado, las crisis periódicas y de violencia creciente que son constitutivas al despliegue antagónico del modo de producción capitalista, no sólo mutilan una parte del capital mismo, sino que sacrifican trabajadores. Marx acaba el artículo en un tono, ahora sí, directamente apocalíptico: “Aumentan los terremotos en los que el mundo del comercio sólo se conserva sacrificando una parte de la riqueza, de los productos e incluso de las fuerzas productivas a los dioses del submundo, resumiéndolo en una palabra: crisis (…) El capital no sólo vive del trabajo. Como un señor ufano y bárbaro a la vez lleva consigo a la tumba los cadáveres de sus esclavos, hecatombes enteras de trabajadores que sucumben en las crisis” (Mew, 6, 423). Esta representación apocalíptica está cargada de resonancias míticas: el capital paga su subsistencia sacrificando riquezas y hombres a las fuerzas demoníacas. Una imagen mítica cargada a su vez, no obstante, de contenidos históricos reales si leemos a través de ella los vendavales de destrucción que desató la burguesía en el siglo XX cada vez que su poder estuvo de verdad amenazado. Si Marx no llega a tomarse completamente en serio la hipótesis de una destrucción total del trabajo vivo por obra del trabajo muerto, no fue en consideración de la existencia de algún tipo de inhibición moral o civilizatoria, sino de la lógica de intereses inmanente al proceso de valorización del capital. En el mismo artículo escribe: “A los señores capitalistas no les faltará carne y sangre explotables, y se dejará que los muertos entierren a sus muertos. Pero esto, más que un consuelo que se dan a sí mismo los trabajadores, es un consuelo que se da a sí misma la burguesía. Si la clase entera de trabajadores asalariados fuera destruida por la maquinaria, ¿no sería horrible para el capital que sin trabajo asalariado deja de ser capital?” (Mew, 6, 421). Este texto de Marx parece perseguir un efecto relativamente tranquilizador: los trabajadores no se extinguirán pues son necesarios para la supervivencia del capital como capital. Pero la frase en su sentido más lato revela un rastro del apocalipsis. Una situación en la que sólo el interés del capital separa a la clase de los trabajadores de la inmolación constituye para estos una representación bastante cercana a lo que podría significar socialmente la palabra “infierno”. La constatación de que, al fin y al cabo, el capital necesita imprescindiblemente un quantum de trabajo vivo sólo resulta consoladora, y en muy escasa medida, para los que se ven casualmente a salvo, para aquellos cuyos medios de vida no han sido reclamados todavía, usando la expresión de Marx, por los dioses del submundo. Un triste consuelo para aquellos a los que se le concede una existencia tan culpable como provisional en función de un sistema impredecible y vengativo. Un consuelo terrible el asociado a esa imagen de una trampa sin escapatoria, no menos apocalíptica por cotidiana y consabida: la de una sociedad ante cuyo poder sus miembros son insignificantes e impotentes, y se encuentran sometidos a fuerzas que en cualquier momento los pueden sacrificar, pero a las que, no obstante, deben servir y contribuir a potenciar.

 

-V-

   Vinculados a lo anterior, el sometimiento y la impotencia del trabajo vivo, el discurso de Marx va dejando insinuados durante el período de la crítica de la economía política otros rastros del apocalipsis. Más arriba vimos como en “Trabajo asalariado y capital” se describe el funcionamiento perverso para los trabajadores de la lógica del desarrollo social capitalista, una lógica según la cual lo que fortalece al capital los debilita y lo que perjudica al capital también los debilita. En la época de la crítica de la economía política, Marx insiste en otra faceta esa lógica: los desarrollos de la fuerza productiva del trabajo fortalecen también el poder del capital. En los manuscritos de 1857/58 formula esa tesis del modo siguiente: “Cada aumento de la fuerza productiva del trabajo (…)  es aumento de la fuerza productiva del capital y , desde el punto de vista actual, es sólo fuerza productiva del trabajo en la medida en que es fuerza productiva del capital” (Mew, 42, 259). Marx creyó que la tecnociencia y las fuerzas productivas desarrolladas dentro de las relaciones de producción capitalistas podrían llegar a tener un valor de uso independiente de esas relaciones. No obstante, pensaba también que, mientras su desarrollo esté integrado dentro de la estructura de dominación que es la sociedad capitalista, todos los medios de producción y, en general, el conjunto de las fuerzas productivas, son absorbidas por el capital, sometidas a su poder y funcionan socialmente fortaleciéndolo. El discurso sobre la neutralidad de la tecnociencia, al que aún vemos arrastrarse penosamente como un lugar común por los medios de comunicación y por determinados discursos teóricos, sería desde la perspectiva marxiana un sinsentido mientras la sociedad funcione como una estructura de poder.

   La forma concreta que toma en la sociedad capitalista el desarrollo de la fuerzas productivas viene a guardar, según Marx, una correspondencia necesaria con la forma del poder social. La sociedad capitalista tiende a organizar industrialmente la producción, como un movimiento automatizado y continuo. Marx nos describió esa sociedad como un taller social total regido por el comando capitalista. Y el motor oculto que anima aquel movimiento no es el objetivo de producir más, sino -como se formula en “El capital”-  “el hambre canina de trabajo ajeno” (Mew, 23, 424). La tecnociencia, la maquinaria, la organización social del trabajo, todo esto no son sólo medios para el desarrollo de la producción, sino otros tantos medios para la absorción de plusvalor, en fin, para la explotación y la dominación. En “El capital” leemos: “El movimiento y la acción productiva del medio de trabajo se independiza en la maquinaria frente al trabajador. Se convierte en-sí y para-sí en un ‘perpetuum mobile’ industrial, que produciría ininterrumpidamente si no chocara con los consabidos límites naturales de su asistente humano: sus debilidades corporales y su capricho. Como capital –y en cuanto tal posee el autómata voluntad y consciencia en el cuerpo de los capitalistas- está, pues, animado con el impulso de constreñir los límites naturales humanos, que ofrecen cierta oposición pero son elásticos, a una resistencia mínima” (Mew, 23, 424). Desde las perspectiva de la producción, la sociedad tiende a un movimiento automático constante, a realizar la poco luminosa utopía de Edison de una inmensa fábrica planetaria en funcionamiento veinticuatro por siete. Desde la perspectiva de las relaciones de producción, el industrialismo es un medio adecuado al poder del capital. El automatismo industrial fortalece las relaciones de poder que estructuran la sociedad capitalista. Y no lo hace a través de la violencia inmediata, sino eliminando la resistencia que anida en el cuerpo y la voluntad de los individuos. Así pues, la eficiencia productiva capitalista ordena y conforma el cuerpo y la voluntad de los individuos, no para ser productivos en abstracto, sino para ser agentes eficaces de la valorización del capital. Esto es, para ser productivos para el capital. Las tecnologías maquinales orientadas hacia el dominio de la naturaleza externa se corresponden con la organización maquinal de la naturaleza interna. Con el automatismo productivo se fabrica una humanidad automática que no se resiste al comando del capital. En definitiva, a la automatización de la producción le es inherente la automatización del poder social y la fabricación de una forma de humanidad cuyo cuerpo y cuya voluntad se encuentre preformados por el automatismo mismo con el fin de que su capacidad de resistencia se reduzca a un mínimo. Unas páginas más adelante Marx vuelve a presentar esa tesis con estas palabras: “El uso capitalista de la maquinaria crea nuevos motivos poderosos para un alargamiento sin medida de la jornada de trabajo, y transforma el modo de trabajo mismo y el carácter del cuerpo del trabajo social en una manera que rompe la oposición contra esa tendencia [a alargar la jornada de trabajo][iii]”(Mew, 23, 430). El desarrollo capitalista de las fuerzas productivas, pues, modula y conforma el “cuerpo del trabajo social” -esto es, a los individuos de carne y hueso que funcionan socialmente como portadores de capacidad de trabajar- para que no se opongan a la explotación.

   Leyendo estos pasajes de Marx se hace difícil no seguir la sugestión de aplicarlos directamente al horizonte social actual. Aquí voy a sugerir más bien que los leamos desde un discurso precedente, el de Kant, por que así se nos muestra más palpablemente el rastro del apocalipsis que contienen. Kant nos enseñó que la idea de humanidad contiene la representación de una libertad consistente en una acción espontánea, no derivable del funcionamiento automático de la objetividad dada en cada caso, sino que surge de sí misma. La acción libre sería la que produce en el mundo empírico un cambio en el estado de las cosas y en su curso que no se daría sin ella. Y ella misma ni arranca ni está movida por lo dado, sino por la decisión autónoma de la voluntad. Espontaneidad y autodeterminación, por un lado, automatismo y mínima oposición a las coacciones externas, por otro, representarían en definitiva la diferenciación entre humanidad e inhumanidad. Leído desde Kant, lo que Marx nos describe sería un proceso –realmente apocalíptico- de irracionalización e inhumanización. Una sociedad en la que el automatismo productivo y administrativo sea uno con el automatismo inconsciente de la acción, las necesidades y los deseos no se corresponde ya, puesto que no hay individuos, con el concepto de sociedad, menos aún con el de sociedad humana. Un verso de Trakl preguntaba desde cuando estamos muertos, estos pasajes de Marx nos invitan a preguntarnos desde cuando comenzó el apocalipsis.

 

-VI-

   Marx va a explicar en algunos pasajes, sobre todo de su última época, que la depredación destructiva del medio natural es un rasgo constitutivo del modo de producción capitalista[iv]. Claro que la historia de la humanidad estaría constituida esencialmente por las formas cambiantes de apropiación social de la naturaleza, de metabolismo productivo con las fuerzas naturales y, en fin, tal como se indica en el tercer volumen de “El capital”, la tierra se muestra en la historia humana “como el campo de ocupación originario del trabajo, como reino de las fuerzas naturales, como arsenal encontrado de todos los objetos de trabajo” (Mew, 25, 887). Marx hizo en definitiva del dominio técnico del medio natural la base material de la historia humana y, en general, su perspectiva se opone radicalmente al punto de vista de la crítica romántica. Sin embargo, a pesar de que en algunos textos parece conceder un potencial ilimitado al desarrollo de las fuerzas productivas, creía que las bases materiales y sociales de ese desarrollo, las fuentes naturales de la riqueza, la ecosfera y los trabajadores, no son ilimitadas y pueden llegar a ser agotadas. Y esa, precisamente, el agotamiento y la desertización de esas fuentes es, para él, una tendencia inmanente que late en la organización capitalista de la producción social.

   Al final del capítulo XIII de “El capital” escribe Marx: “Tanto en la agricultura como en la manufactura, la transformación capitalista del proceso de producción aparece a la vez como el martirio de los productores; el medio de producción como medio de sometimiento, explotación y empobrecimiento de los trabajadores; la combinación social del proceso de trabajo como opresión de su vitalidad, libertad e independencia individuales (…) Al igual que en la industria urbana, en la agricultura moderna la fuerza productiva aumentada del trabajo y la mayor movilización del trabajo se hace a costa de la desertización y la extenuación de la fuerza misma de trabajo. Y cada progreso de la agricultura capitalista no es sólo un progreso en el arte de expoliar a los trabajadores, sino también al suelo; cada progreso en el aumento de su fertilidad para un período dado es a la vez un progreso en la ruina de las fuentes duraderas de aquella fertilidad (…) La producción capitalista, pues, sólo desarrolla la técnica y combinación del proceso de producción social minando a la vez la fuente de toda riqueza: la tierra y los trabajadores” (Mew, 23, 528 y ss.). Este impresionante pasaje nos recuerda el carácter necesariamente antagónico del desarrollo burgués -se habrá advertido como ironiza Marx con el término “progreso”, palabra clave de la apologética burguesa- del que se habló al principio. Un sistema social de apropiación de riqueza será también, claro, un sistema de explotación de las fuentes de la riqueza. Pero la crítica de Marx no se limita a expresar esa obviedad. La organización capitalista de la producción se nos presenta no sólo como un sistema de explotación, sino como un sistema que destruye y mina lo que explota. Una organización que expolia sistemáticamente hasta la devastación. Toda su racionalización de la producción, del intercambio, de las relaciones sociales habría que verla como una enorme maquinaria de irracionalización, incluso desde la perspectiva de su propia finalidad expoliadora. Desde la perspectiva de la mera racionalidad instrumental, hay una diferencia –aunque en ambos casos se produce, por así decirlo, una donación involuntaria de sangre- entre la relación de ciertos pastores del Africa Oriental con su ganado y el comportamiento compulsivo del vampiro con sus víctimas. La explotación capitalista emularía el comportamiento del vampiro, y no es casual que Marx recurriera tan reiteradamente a este mito para explicar la naturaleza del capital.  Se trata, en fin, no sólo de un sistema de explotación, sino de una organización que “desertiza”, “extenúa” y “mina” las fuentes naturales de la riqueza: la ecosfera y el trabajo vivo.

Aunque este no es un problema sobre el que sus escritos nos hayan dejado muchas indicaciones, Marx interpretó la corriente que arrastra a la producción capitalista hacia el colapso ecológico como una tendencia profundamente enraizada en el núcleo mismo del sistema. En los manuscritos que se han titulado “Teorías de la plusvalía” encontramos el siguiente pasaje: “Anticipación del futuro -anticipación real- en la producción de riquezas sólo tiene lugar en lo tocante a los trabajadores y a la tierra. En ambos casos, el futuro puede ser realmente anticipado y devastado por medio de un esfuerzo precipitado excesivo y por agotamiento, por una perturbación del equilibrio entre consumo e ingreso. A ambos (a los trabajadores y a la tierra) les ocurre eso en la producción capitalista (…) Lo que en lo tocante a los trabajadores y la tierra se consume existe como ‘dýnamis’ y por medio de un modo forzado de consumo es acortada la duración de la vida de esa ‘dýnamis’”(Mew, 23.3, 303 y s.). Así pues, el modo de producción capitalista anticipa el futuro de la tierra y los productores, lo consume y lo desgasta. La teoría marxiana del valor nos enseña que la socialización capitalista descansa sobre la posibilidad de hacer comensurables todo lo existente a través de su reducción a elementos mediadores abstractos, finalmente, al “trabajo abstractamente humano”. En la organización capitalista de la producción, escribe Marx en “Miseria de la filosofía”, “el tiempo es todo, el hombre no es nada más, a lo sumo tiempo hecho cuerpo” (Mew, 4, 85). En el capitalismo, todas las posibles fuentes de riqueza pasan a ser materialización del tiempo abstracto, acumulable, apropiable, valorizable, capitalizable. Y hay una diferenciación radical entre la forma de existencia de lo que se da como “dýnamis”, como potencia, como fuerza viva, y lo que existe en la sociedad capitalista como portador de valor. La ‘dýnamis” de lo que tiene vida, por un lado, y la valorización capitalista, por otro, imponen formas de tiempo diferentes y contrapuestas, una contraposición cuya manifestación más elocuente podría ser la enfermedad de las vacas locas. La existencia natural de los trabajadores y la tierra en cuanto”dýnamis” estaría sometida a unos ciclos cuyo ritmo lo marca el equilibrio de la conservación de la vida orgánica. Pero en la sociedad capitalista es el péndulo del reloj, el cronómetro, la medida abstracta que traduce todo lo cualitativo a cantidad y determina el valor. Lo que desde la perspectiva de los ciclos vitales es futuro, potencia, dentro de la organización capitalista de la producción funciona en acto como fuerza productiva consumida y apropiada por el capital. Habría que recordar en este punto, que, según Marx, lo que los trabajodores intercambian por el salario es “dýnamis”, su capacidad de trabajar, su fuerza de trabajo. La sociedad capitalista fuerza aquel ciclo vital y lo somete al ritmo que impone la ley de valorización. Movida por la avidez insaciable de tiempo, desgasta y se traga el futuro. Anticipa el enfriamiento de la tierra.

   El pasaje citado de “Teorías de la plusvalía” nos invita a contemplar la sociedad capitalista como una enorme empresa de consumo de “dýnamis”, de potencialidades humanas y naturales que son anticipadas y desgastadas. Es profundamente coherente con esa visión el que las técnicas que ha desarrollado el capitalismo sean en general medios para acelerar rendimientos, para acortar los ciclos orgánicos y los tiempos de circulación, para hacer utilizables y consumibles de una vez energías cuya formación necesitó millones de año. Marx vio, en fin, bajo la ley de valorización del capital una lógica de depredación sin freno que amenaza con el apocalipsis ecológico. De todos modos, su confianza en la racionalidad humana hizo que contemplara esa amenaza de una forma más distanciada de la que hoy podemos permitirnos. Pensaba que la paralización de la tendencia al colapso ecológico dependía de que los hombres sometieran el desarrollo de las fuerzas productivas a una regulación colectiva consciente. Hoy sabemos que la planificación económica por sí sola ha sido incapaz de paralizar la tendencia a la destrucción del medio natural y humano que describiera Marx. Incluso los movimientos de ralentización del desgaste en algunos puntos y ciertas conservaciones estratégicas de ‘dýnamis’ biológicas han llegado a formar parte en nuestros días de la valorización del capital. Claro que una muerte lenta no es necesariamente la mejor de las muertes.

 

-VII-

   Lo profundamente apocalíptico de los rastros de posibilidades negativas que laten en los textos de Marx se nos revela sobre todo al pensarlos juntos, uno al lado del otro. Más arriba vimos que determinados pasos del discurso marxiano indicaban que el automatismo productivo fabrica una humanidad automática que no se resiste al comando del capital. Apocalíptica es la unión de esta amenaza a la tendencia al colapso ecológico. Precisamente por que la oposición efectiva a esta tendencia requeriría una subjetividad mayor de edad, capaz de oponerse a la marcha objetiva de la sociedad y de transformarla. Pero este es precisamente el tipo de constitución subjetiva que la sociedad capitalista bloquea. Los rastros del apocalipsis presentes en los textos de Marx nos conducen, así, a una contradicción con la que tenemos que seguir pensando y viviendo mientras sea aún posible una cosa y la otra a la vez.

 

 

 


[i] Cito los escritos de Marx y Engels por la edición de Dietz Verlag “Marx Engels Werke”, a la que me refiero con la abreviatura “Mew”. El tomo y la página de lo citado se indican por ese orden después de la abreviatura. Las traducciones son propias. El texto citado se encuentra en Mew, 12, 3 y s.   

[ii] Vid. Mew, 6, 420. En los “Grundrisse” escribe Marx: “A la creación de surplus-trabajo le corresponde en otro lado una creación de minus-trabajo” (Mew, 42, 314). Esa contradicción es, para él, un elemento constitutivo de la organización social capitalista. Un sistema en el que no se trata de producir, sino de valorizar el capital a través de la explotación del trabajo, genera necesariamente plustrabajo, por un lado, y fuerza de trabajo sobrante y en desuso, por otro, que sirve también en su no-uso como medio para el objetivo de la valorización. Marx escribe: “Es en tan gran medida tendencia del capital el aumentar la población trabajadora, como el poner constantemente una parte de la misma como surplus-población, población que es inútil hasta que el capital la puede valorizar (…) Es en tan gran medida tendencia del capital hacer trabajo humano superfluo (relativamente) como impulsarlo sin medida” (Mew, 42, 312 y s.).  

[iii] En el contexto de esta frase Marx alude a la creación de una población de trabajadores excedentes “que tienen que dejarse dictar la ley por el capital” (Mew, 23, 430).

[iv] Sobre los elementos de la crítica “ecológica” de Marx al capitalismo, vid. Iring Fetscher: Marx, Ed. Herder; Friburgo, Basilea y Viena, 1999, pp: 123 y ss. Especialmente interesante es el “Prólogo” a la reedición de 1993, titulado “Por un materialismo ecologista” de Alfred Schmidt: Der Begriff der Natur in der Lehre von Marx, Europöische Verlaganstalt, Hamburgo, 1993.

Publicación:

Mesa Moreno, C. Indaga: Revista Internacional de Ciencias Sociales y Humanas = International Review of Social and Human Sciences, ISSN 1695-730X, Nº. 1, 2003 , págs. 45-64 (el texto fue redactado en el 2001)

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Una respuesta to “Sobre las anticipaciones del apocalipsis en Marx”

  1. Me Morire Sin Poder Llegar a Votar !! Meme miaa !!! Me Trastorneeeeeee muy buena la pag

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