TRABAJO, SE VENDE

[El texto procede del apartado 3º, capítulo 4º, de El Capital]

“Por ende, la modificación [el incremento de valor] sólo puede surgir de su valor de uso en cuanto tal, esto es, de su consumo. Y para extraer valor del consumo de una mercancía, nuestro poseedor de dinero tendría que ser tan afortunado como para descubrir dentro de la esfera de la circulación, en el mercado, una mercancía cuyo valor de uso poseyera la peculiar propiedad de ser fuente de valor; cuyo consumo efectivo mismo, pues, fuera objetivación de trabajo, y por tanto creación de valor. Y el poseedor de dinero encuentra en el mercado esa mercancía específica: la capacidad de trabajo o fuerza de trabajo. Por fuerza de trabajo o capacidad de trabajo entendemos el conjunto de las facultades físicas y mentales que existen en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano y que él pone en movimiento cuando produce valores de uso de cualquier índole.

No obstante, para que el poseedor de dinero encuentre la fuerza de trabajo en el mercado, como mercancía, deben cumplirse diversas condiciones. El intercambio de mercancías, en sí y para sí, no implica más relaciones de dependencia que las que surgen de su propia naturaleza. Bajo este supuesto, la fuerza de trabajo, como mercancía, sólo puede aparecer en el mercado en la medida y por el hecho de que su propio poseedor –la persona a quien pertenece esa fuerza de trabajo– la ofrezca y venda como mercancía. Para que su poseedor la venda como mercancía es necesario que pueda disponer de la misma, y por tanto que sea propietario libre de su capacidad de trabajo, de su persona.  Él y el poseedor de dinero se encuentran en el mercado y traban relaciones mutuas en calidad de poseedores de mercancías dotados de los mismos derechos, y que sólo se distinguen por ser el uno vendedor y el otro comprador; ambos, pues, son personas jurídicamente iguales. Para que perdure esta relación es necesario que el poseedor de la fuerza de trabajo la venda siempre por un tiempo determinado, y nada más, ya que si la vende toda junta, de una vez para siempre, se vende a sí mismo, se transforma de hombre libre en esclavo, de poseedor de mercancía en simple mercancía. Como persona tiene que comportarse constantemente con respecto a su fuerza de trabajo como con respecto a su propiedad, y por tanto a su propia mercancía, y únicamente está en condiciones de hacer eso en la medida en que la pone a disposición del comprador –se la cede para el consumo– sólo transitoriamente, por un lapso determinado, no renunciando, por tanto, con su enajenación a su propiedad sobre ella. La segunda condición esencial para que el poseedor de dinero encuentre en el mercado la fuerza de trabajo como mercancía, es que el poseedor de ésta, en vez de poder vender mercancías en las que se haya objetivado su trabajo, deba, por el contrario, ofrecer como mercancía su fuerza de trabajo misma, la que sólo existe en la corporeidad viva que le es inherente […]

Para la transformación del dinero en capital el poseedor de dinero, pues, tiene que encontrar en el mercado de mercancías al obrero libre; libre en el doble sentido de que por una parte dispone, en cuanto hombre libre, de su fuerza de trabajo en cuanto mercancía suya, y de que, por otra parte, carece de otras mercancías para vender, está exento y desprovisto, desembarazado de todas las cosas necesarias para la puesta en actividad de su fuerza de trabajo. Al poseedor de dinero, que ya encuentra el mercado de trabajo como sección especial del mercado de mercancías, no le interesa preguntar por qué ese obrero libre se le enfrenta en la esfera de la circulación. Y, por el momento, esa pregunta tampoco nos interesa a nosotros. Teóricamente nos atenemos al hecho, tal como lo hace, en la práctica, el poseedor de dinero. Una cosa, sin embargo, es evidente. La naturaleza no produce por una parte poseedores de dinero o de mercancías y por otra personas que simplemente poseen sus propias fuerzas de trabajo. Esta relación en modo alguno pertenece al ámbito de la historia natural, ni tampoco es una relación social común a todos los períodos históricos. Es en sí misma, ostensiblemente, el resultado de un desarrollo histórico precedente, el producto de numerosos trastocamientos económicos, de la decadencia experimentada por toda una serie de formaciones más antiguas de la producción social. También las categorías económicas antes consideradas llevan la señal de la historia. […]

El consumo de la fuerza de trabajo, al igual que el de cualquier otra mercancía, se efectúa fuera del mercado o de la esfera de la circulación. Abandonamos, por tanto, esa ruidosa esfera instalada en la superficie y accesible a todos los ojos, para dirigirnos, junto al poseedor de dinero y al poseedor de fuerza de trabajo, siguiéndoles los pasos, hacia la oculta sede de la producción, en cuyo dintel se lee: No admittance except on business [Prohibida la entrada salvo por negocios]. Veremos aquí no sólo cómo el capital produce, sino también cómo se produce el capital. Se hará luz, finalmente, sobre el misterio que envuelve la producción del plusvalor.

La esfera de la circulación o del intercambio de mercancías, dentro de cuyos límites se efectúa la compra y la venta de la fuerza de trabajo, era, en realidad, un verdadero Edén de los derechos humanos innatos. Lo que allí imperaba era la libertad, la igualdad, la propiedad y Bentham. ¡Libertad!, porque el comprador y el vendedor de una mercancía, por ejemplo de la fuerza de trabajo, sólo están determinados por su libre voluntad. Celebran su contrato como personas libres, jurídicamente iguales. El contrato es el resultado final en el que sus voluntades confluyen en una expresión jurídica común. ¡Igualdad!, porque sólo se relacionan entre sí en cuanto poseedores de mercancías, e intercambian equivalente por equivalente. ¡Propiedad!, porque cada uno dispone sólo de lo suyo. ¡Bentham!, porque cada uno de los dos se ocupa sólo de sí mismo. El único poder que los reúne y los pone en relación es el de su egoísmo, el de su ventaja personal, el de sus intereses privados. Y precisamente porque cada uno sólo se preocupa por sí mismo y ninguno por el otro, ejecutan todos, en virtud de una armonía preestablecida de las cosas o bajo los auspicios de una providencia omniastuta, solamente la obra de su provecho recíproco, de su altruismo, de su interés colectivo.

Al dejar atrás esa esfera de la circulación simple o del intercambio de mercancías, en la cual el librecambista vulgaris abreva las ideas, los conceptos y la medida con que juzga la sociedad del capital y del trabajo asalariado, se transforma en cierta medida, según parece, la fisonomía de nuestras dramatis personæ [personajes]. El otrora poseedor de dinero abre la marcha como capitalista, el poseedor de fuerza de trabajo lo sigue como su obrero; el uno, significativamente, sonríe con ínfulas y avanza impetuoso; el otro lo hace con recelo, reluctante, como el que ha llevado al mercado su propio pellejo y no puede esperar sino una cosa: que se lo curtan.

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6 comentarios to “TRABAJO, SE VENDE”

  1. haciaelcapital Says:

    Ciro dice: Que alguien, por favor, indique qué “tecnologías del yo” son necesarias para que se dé lo que indica Marx: “Bajo este supuesto, la fuerza de trabajo, como mercancía, sólo puede aparecer en el mercado en la medida y por el hecho de que su propio poseedor –la persona a quien pertenece esa fuerza de trabajo– la ofrezca y venda como mercancía”.

  2. Marx expone que en el capitalismo la fuerza de trabajo se convierte en mercancía. Para ello, hacen falta dos cosas: La libertad de poseer esa fuerza y la carencia de los medios de producción por parte del trabajador.
    En principio, podría pensarse en una situación de simple intercambio donde el trabajador vende algo que necesita el capitalista. Como trabajadores vendemos una mercancía, la fuerza de trabajo, que va a proporcionar un valor mayor que el valor de los medios necesarios para la producción de esa mercancía. Materia prima que será transformada por la fuerza de trabajo del trabajador y será en ese proceso en el que se cree el plusvalor tan codiciado por el capitalista. La relación que se establece es de explotación. El trabajador no es en ningún momento sujeto del proceso de producción, sino objeto de éste.
    La pregunta que me planteo a continuación es ¿quien vende su fuerza de trabajo no se esclaviza de alguna manera?
    Y ¿cómo se consigue que veamos nuestra fuerza de trabajo como una mercancía? Cuando pienso en las “tecnologías del yo” que posibilitan esto, pienso en trabajadores que asumen el trabajo de forma mecánica, que justifican esta situación porque tienen que comer y que se someten a ella de forma conformista, pero lo que subyace en esto es el hecho de que todas estas actitudes no nacen de forma natural en la persona.
    La sociedad capitalista no sólo crea mercancías, riqueza, plusvalor,… Crea una sociedad acorde a sus deseos, a sus exigencias de valorizar el valor,… y para ello crea también a los individuos apropiados para ello. Personas conformistas, impotentes ante la realidad social, temerosas, alienadas en su trabajo y con poca capacidad crítica. El capitalismo necesita crear personas que vendan su capacidad de trabajo como una mercancía que se puede comprar y explotar y que lo asuman como algo casi natural. Desea que nos sintamos parte de una masa y parece ver un peligro en que nos veamos como individuos, como sujetos.

  3. Marx dice: “Así como en la religión el hombre está dominado por las obras de su propio cerebro, en la producción capitalista lo está por las obras de su propia mano.”

    Con esto, puedo entender que, al igual que la religión nos ha mantenido dominados, el capital lo hace de la misma forma, que el hecho de percibir un salario no nos hace libres, sino que nuestra posesión de mano de obra como mercancía intercambiable en capital nos hace esclavos del mismo, nos hace dependientes de él, aunque seamos explotados. Y de esta forma, el propio mecanismo del proceso de acumulación, al acrecentar el capital, aumenta la masa de los pobres laboriosos, que de los asalariados que transforman su fuerza de trabajo en fuerza creciente de valorización al servicio del creciente capital, y que por tanto se ven obligados a perpetuar la relación de dependencia que los liga a su propio producto, personificado en el capitalista.

    Raquel Delgado Sánchez

  4. Respondiendo a la cuestión de qué “tecnologias del yo ” son necesarias para que una persona se contemple a sí mismo como fuerza de trabajo y la ofrezca y venda como mercancía ;guiandome un poco por lo que Foucault contraponía a las tecnologias del yo actuando desde el interior convirtiendo a los sujetos en sujetos eticos las tecnologias del poder actuando sobre los individuos desde el exterior,tiene su importancia.
    hay varias causas exteriores que aplican el motor interno del individuo en mi opinión no es la acción de poder comprar unicamente ,ya expone Marx que los obreros solo pueden consumir un equivalente de lo que produce su trabajo,de todas formas esta todo relacionado, ya que la producción capitalista no sólo está limitada por el capital ya que la fuerza de trabajo esta dentro de ese capital, es decir no trabajamos exclusivamente para poder consumir,tampoco es el miedo al hambre ,puede influir como tecnologias del yo una educaciòn que nos trasmite desde la infancia mediante padres , que ven ya por su propia educaciòn a sus hijos como fuerza de trabajo;la sociedad desde el exterior inculca que la persona de bien es trabajadora y por tanto virtuosa ,esto internamente se graba en el subconsciente “la mujer trabajadora” es un buen ejemplo .l
    lo que hace de todo, incluso de la fuerza humana de trabajo,una mercancía vendible como explicaba Keynes en la Teoría general creo que esta intimamente relacionado y tambien lo complejo de la respuesta ya que es el tiempo lo que decidimos vender y con ello nos vemos como fueza de trabajo ;al que es joven por que es joven , la que es guapa explota dicha cualidad y el que posee conocimientos por que los tiene igual que el que embauca por que se le da bien … entre tanto nos observamos y buscamos lo bueno, lo bonito o lo barato que hay en nosotros y quizás las tecnologias del yo se van configurando y formando en el interior mecanismos que nos impulsan a explorarnos y vender ya sea nuestro tiempo o fuerza o cualidades.

  5. haciaelcapital Says:

    Ciro:
    La anotación de diario de Kafka aludida en clase:
    “Vistos con nuestros ojos sucios de tierra, los hombres nos encontramos en la situación de un grupo de viajeros en ferrocarril que han sufrido un accidente en un túnel, precisamente en un punto donde no se ve ya la luz de entrada, y la de la salida parece tan minúscula que la vista ha de buscarla continuamente y perderla continuamente, sin que tengamos siquiera de la seguridad de si se trata del principio o el final del túnel”.
    La idea era representarse la filosofía crítica como el pensamiento -tartamudo e incierto- de individuos aturdidos y desorientados después de una sacudida traumática… ¿Cómo, si no?

  6. chupasangre Says:

    el capital nos está matando!

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