Fetichismo de la mercancía II

El Capital. cap. 1, ap. 4, pp: 89-91  

Si los objetos para el uso se convierten en mercancías, ello se debe únicamente a que son productos de trabajos privados ejercidos independientemente los unos de los otros. El complejo de estos trabajos privados es lo que constituye el trabajo social global. Como los productores no entran en contacto social hasta que intercambian los productos de su trabajo, los atributos específicamente sociales de esos trabajos privados no se manifiestan sino en el marco de dicho intercambio. O en otras palabras: de hecho, los trabajos privados no alcanzan realidad como partes del trabajo social en su conjunto, sino por medio de las relaciones que el intercambio establece entre los productos del trabajo y, a través de los mismos, entre los productores. A éstos, por ende, las relaciones sociales entre sus trabajos privados se les ponen de manifiesto como lo que son, vale decir, no como relaciones directamente sociales trabadas entre las personas mismas, en sus trabajos, sino por el contrario como relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas.

Es sólo en su intercambio donde los productos del trabajo adquieren una objetividad de valor, socialmente uniforme, separada de su objetividad de uso, sensorialmente diversa. Tal escisión del producto laboral en cosa útil y cosa de valor sólo se efectiviza, en la práctica, cuando el intercambio ya ha alcanzado la extensión y relevancia suficientes como para que se produzcan cosas útiles destinadas al intercambio, con lo cual, pues, ya en su producción misma se tiene en cuenta el carácter de valor de las cosas. A partir de ese momento los trabajos privados de los productores adoptan de manera efectiva un doble carácter social. Por una parte, en cuanto trabajos útiles determinados, tienen que satisfacer una necesidad social determinada y con ello probar su eficacia como partes del trabajo global, del sistema natural caracterizado por la división social del trabajo. De otra parte, sólo satisfacen las variadas necesidades de sus propios productores, en la medida en que todo trabajo privado particular, dotado de utilidad, es pasible de intercambio por otra clase de trabajo privado útil, y por tanto le es equivalente. La igualdad de trabajos toto cælo [totalmente] diversos sólo puede consistir en una abstracción de su desigualdad real, en la reducción al carácter común que poseen en cuanto gasto de fuerza humana de trabajo, trabajo abstractamente humano. El cerebro de los productores privados refleja ese doble carácter social de sus trabajos privados solamente en las formas que se manifiestan en el movimiento práctico, en el intercambio de productos: el carácter socialmente útil de sus trabajos privados, pues, sólo lo refleja bajo la forma de que el producto del trabajo tiene que ser útil, y precisamente serlo para otros; el carácter social de la igualdad entre los diversos trabajos, sólo bajo la forma del carácter de valor que es común a esas cosas materialmente diferentes, los productos del trabajo.

Por consiguiente, el que los hombres relacionen entre sí como valores los productos de su trabajo no se debe al hecho de que tales cosas cuenten para ellos como meras envolturas materiales de trabajo homogéneamente humano. A la inversa. Al equiparar entre sí en el cambio como valores sus productos heterogéneos, equiparan recíprocamente sus diversos trabajos como trabajo humano. No lo saben, pero lo hacen. El valor, en consecuencia, no lleva escrito en la frente lo que es. Por el contrario, transforma a todo producto del trabajo en un jeroglífico social.

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Una respuesta to “Fetichismo de la mercancía II”

  1. haciaelcapital Says:

    Mercancía y Totalidad

    En la película de Alexander Kluge sobre Marx y Eisenstein, la cámara baja desde el cielo vacío y azul al mundo de la mercancía, al mundo-mercancía. ¿Hay un cielo vacío -o, verbigracia, un “yo interior”- donde no se oiga la voz, el gemido, el pregón o el grito de la mercancía? Si asusta pensar el todo mercantilizado, más aun indicar -esto es, a su manera, mercantilizar, vender- un espacio libre, una cosa intacta, una mirada no-tasadora. Si se supiera algo respecto a eso habría que callarse: no por pudor, sino en virtud de lo posible, del acontecer… Callarse…
    Kluge me hizo recordar el siguiente texto de Hortkheimer:
    “La historia del chico que, mirando al cielo, preguntó: “Papa, ¿para qué artículo hace propaganda la luna?”, es una alegoría acerca de lo que se ha hecho de la relación entre el hombre y la naturaleza en la edad de la razón formalizada. Por un lado, la naturaleza se vio desprovista de todo sentido o valor interno. Por el otro, al hombre le quitaron todas las metas salvo el de la autoconservación. El hombre intenta convertir todo lo que está a su alcance en un medio para ese fin. Toda palabra o sentencia que tenga otras implicaciones que las pragmáticas resulta sospechosa. Cuando un hombre se le sugiere que admire una cosa, que respete un sentimiento o una actitud, que ame una persona por ella misma, esto se le hace sospechoso de sentimentalismo y teme que pueden burlarse de él o tratar de venderle algo. Aunque a los hombres no se les ocurra preguntar para qué ha de hacer publicidad la luna, se inclinan sin embargo a pensar en ella en términos de balística, o de distancias siderales que puede ser recorridas”.
    ¿Para quién hace publicidad la luna?

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